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sábado, 29 de enero de 2011

LA BATALLA DE LOS ARAPILES - 22 DE JULIO 1812

Cabrerizos (cerca de Salamanca, 21 de julio)
Lord Wellington al conde de Bathurst

… El 19 por la tarde, el enemigo retiró todas las tropas de la derecha, y las hizo marchar a su izquierda por Tarazona, al parecer, con intención de rodear nuestra derecha. Yo atravesé el Guareña superior por Vallesa y el Olmo con todo el ejército aliado, durante aquella tarde y noche, haciendo todas las preparaciones necesarias para la acción que se esperaba en las llanuras de Vallesa, el 20 por la mañana. Más, poco después del amanecer, el enemigo hizo otro movimiento en varias columnas, a su izquierda, en la dirección de los altos del Guareña, atravesándolo más abajo de Cantalapiedra, y se acampó anoche en Babilafuente y Villamela. El ejército aliado hizo otro movimiento a su derecha, por Cantalpino, y acampó anoche en Cabeza Vellosa teniendo a la 6ª división y a la brigada de caballería del mayor general Alson sobre el Tormes, en Aldealengua. Durante estos movimientos ha habido algunos cañoneos de cuando en cuando, pero sin pérdida por nuestra parte. Esta mañana he movido la izquierda del ejército al Tormes, donde todo él está concentrado. Noto que el enemigo se ha movido hacia el mismo río, cerca de Huerta. El objeto del enemigo ha sido, hasta ahora, cortar mi comunicación con Salamanca y Ciudad Rodrigo.


Flores de Ávila, 24 de julio
Lord Wellington al conde de Bathurst

Mi edecán lord Clinton presentará a V. S. esta relación de una victoria que las tropas aliadas de mi mando ganaron en una acción general cerca de Salamanca la tarde del 22 del corriente, que no he podido remitir antes de ahora por haber estado empleado desde el fin de la batalla, en perseguir a las tropas fugitivas del enemigo. En mi carta del 21 informé a V.S. que ambos ejércitos estaban cerca del Tormes. El enemigo pasó dicho río con la mayor parte de sus tropas, por la tarde, por los vados de entre Alba de Tormes y Huerta, y se movió a su izquierda hacia los caminos que van a Ciudad Rodrigo.
El ejército aliado, a excepción de la 3ª división y la caballería del general D’Urban, pasó también el Tormes, por la tarde, por el puente de Salamanca y los vados vecinos, y coloqué las tropas en tal posición que la derecha se apoyaba en uno de los dos altos llamados Los Arapiles, y la izquierda sobre el Tormes mas abajo del Vado de Santa Marta. La 3ª división y la caballería del brigadier general D’Urban se quedaron en Cabrerizos, sobre la derecha del Tormes, a causa de que el enemigo tenía aún un cuerpo considerable sobre los altos, pasado Babilafuente, sobre la misma orilla; y no me pareció improbable que al ver a nuestro ejército, por la mañana, dispuesto a recibirlos, mudasen de plan, y maniobrasen sobre la otra orilla. Durante la noche del 21 recibí noticia, cuya verdad me era indudable, de que el general Chauvel había llegado a Pollos el día 20, con la caballería y artillería de a caballo del ejército del Norte, para unirse con el mariscal Marmont; y estaba seguro de que estas tropas se le unirían el día 22 ó a mas tardar el 23. El 21 en la noche el enemigo había tomado posesión del pueblo de Calvarrasa de Arriba y de la altura llamada Nuestra Señora de la Peña que está junto a la población. Nuestra caballería ocupaba Calvarrasa de abajo, y poco después del amanecer ambos ejércitos trataron de apoderarse de uno de los Arapiles que estaba más distante de nuestra derecha.
Lógrelo el enemigo, a causa de que su destacamento era más numeroso, y había estado oculto entre los árboles, más cerca del alto que el nuestro. Con esta ventaja hicieron su posición considerablemente más fuerte, y aumentaron sus medios de molestar la nuestra. Por la mañana, las tropas ligeras de la 7ª división y la 4ª de cazadores perteneciente a la brigada del genera Pack, se empeñaron con el enemigo en el alto llamado Nuestra Señora de la Peña, sobre el cual se mantuvieron contra él todo el día. Pero el hallarse el enemigo en posesión del más distante de los dos Arapiles, me obligó a extender la derecha del ejército a los altos que están detrás del pueblo de Arapiles y ocupar dicho pueblo con infantería ligera. Coloqué, pues, allí la 4ª división, al mando del honorable teniente general Cole; y aunque, a causa de la variedad de los movimientos del enemigo, era difícil formar un juicio probable de sus intenciones, me pareció en conjunto que tenían puestas sus miras sobre la izquierda del Tormes; por tanto mandé al honorable mayor general Pakenham, que mandaba la 3ª división por enfermedad del teniente general Picton, que atravesase el Tormes con las tropas de su mando, incluso con la caballería del brigadier general D’Urban, y que se situase detrás de Aldeatejada; habiendo al mismo tiempo movido a las cercanías de las Torres la brigada de infantería portuguesa del general Bradford, y a la infantería de don Carlos España, entre la 3ª y 4ª división. Después de una multitud de evoluciones y movimientos, a eso de las dos de la tarde, parece que el enemigo determinó finalmente su plan, y protegido de un muy violento fuego de cañón, que nos hizo muy poco daño, extendió su izquierda y adelantó sus tropas al parecer con intención de atacar, por la posición de las suyas y su fuego, nuestro puesto en el alto de los Arapiles que ocupábamos, y desde allí atacar y romper nuestra línea, y en todo caso hacer muy difícil cualquier movimiento nuestro a la derecha. Pero la extensión de su línea a su izquierda y su movimiento al frente de nuestra derecha, no obstante que sus tropas ocupaban aún terreno muy fuerte y que su posición estaba bien defendida por la artillería, me presentó ocasión de atacarlo, cosa que hacía tiempo deseaba con ansia. Reforcé, pues, nuestra derecha con la 5ª división, bajo el teniente general Leith, colocándola detrás del pueblo de Arapiles, a la derecha de la 4ª división con la 6ª y 7ª de reserva; y al momento que éstas tropas tomaron sus puestos, mandé al honorable mayor general Pakenham que se adelantase con la 3ª división y la caballería del general D’Urban, junto con dos escuadrones del 14º de dragones ligeros, bajo el teniente coronel Hervey, en cuatro columnas, para rodear la izquierda del enemigo sobre los altos. Entretanto la brigada del brigadier general Bradford, la 5ª división bajo el teniente general Leith, la 4ª división bajo el honorable teniente general Cole, y la caballería bajo el teniente general sir Stapleton Cotton, los atacaban por el frente sostenidos en reserva por la 6ª división bajo el mayor general Clinton; y la 7ª división bajo el mayor general Hope, con la división española de don Carlos de España, y la del brigadier general Pack, sostenían la 4ª división atacando el Arapil que ocupaba el enemigo. La división 1ª y las ligeras ocupaban el campo a la izquierda, y estaban de reserva. El ataque sobre la izquierda del enemigo se ejecutó del modo antes descrito y se logró completamente. El mayor general honorable Edward Pakenham formó la 3ª división a través del flanco del enemigo, y arrolló cuanto encontró por delante. Estas tropas fueron sostenidas del modo más valiente por la caballería portuguesa al mando del brigadier general D’Urban, y los escuadrones del 14º del coronel Hervey, quien logró rechazar todas las tentativas que el enemigo hizo sobre el flanco de la 3ª división. La brigada del general Bradford, las divisiones 4ª y 5ª, junto la caballería al mando del teniente general sir Stapleton Cotton, atacaron al enemigo por el frente y desalojaron sus tropas de un alto a otro, adelantando su derecha de modo que adquirían más y más fuerza contra el flanco del enemigo, a proporción de lo que se adelantaban. El brigadier general Pack hizo un ataque muy valiente contra el Arapil, pero no logró mas que ocupar la atención del cuerpo enemigo que estaba en él, de modo que no incomodasen el avance de las tropas al mando del teniente general Cole. La caballería, bajo el teniente general sir Stapleton Cotton, hizo un valiente y feliz ataque contra un cuerpo de infantería del enemigo, al cual arrolló é hizo pedazos. En este ataque el mayor general Le Marchant fue muerto al frente de su brigada, y en él tengo que lamentar la pérdida de un habilísimo oficial. Después que ya habíamos tomado la cumbre de la colina, una división enemiga hizo pie firme contra la 4ª división que al cabo de un reñido combate se vio obligada a ceder a causa de que el enemigo había movido algunas tropas a la izquierda de la 4ª división, cuando vio que el ataque del general Pack contra el Arapil había fallado, y de que el honorable teniente general Cole había sido herido. El mariscal sir William Beresford, que acertó a estar en aquel punto, dio orden de que la brigada del brigadier Spry, perteneciente a la quinta división que estaba en la segunda línea, mudase de frente y dirigiese su fuego contra el flanco de la división enemiga, y siento añadir que estando empleado en este servicio recibió una herida que me privará del beneficio de sus consejos y ayuda por algún tiempo. Casi al mismo tiempo el teniente general Leith recibió una herida que, por desgracia, le obligó a dejar el campo. Yo mandé adelantar la 6ª división al mando del mayor general Clinton para relevar a la 4ª y la batalla se vio pronto restablecida a sus primeras ventajas. Con todo, reforzada la derecha del enemigo por las tropas que habían huido de su izquierda, y por las que, a este tiempo se habían retirado de los Arapiles, aun presentaba resistencia. Mandé, pues, a las divisiones 1ª y ligera, a la brigada portuguesa del coronel Stubbs perteneciente a la 4ª división que había vuelto a formarse, y a la brigada del mayor general William Anson también de la 4ª división, que se dirigiesen a la derecha; en tanto que la 6ª división sostenida por la 3ª y la 5ª atacaban al frente. Ya había oscurecido cuando la 6ª división tomó este punto, y el enemigo huyó por el bosque hacia el Tormes perseguidos por las divisiones 1ª y ligera, la brigada del mayor general William Anson de la 4ª división, y algunos escuadrones de caballería al mando del teniente general sir Stapleton Cotton, entretanto que pudimos hallar algunos reunidos, dirigiendo nuestra marcha sobre Huerta y los vados del Tormes, por donde el enemigo había pasado al avanzar. Pero la oscuridad de la noche fue en extremo ventajosa al enemigo y muchos escaparon a favor de ella, que si no, estarían en poder nuestro. Siento decir que por esta misma causa el teniente general sir Stapleton Cotton fue, por desgracia, herido por uno de nuestros centinelas, después de que había hecho alto.
Seguimos persiguiéndolos al romper el día con las mismas tropas y las brigadas de caballería de los mayores generales Bock y Anson, que se reunieron durante la noche, y habiendo pasado el Tormes, alcanzamos la retaguardia de caballería e infantería del enemigo, cerca de la Serena. Inmediatamente fueron atacados por las dos brigadas de dragones, y la caballería huyó abandonando la infantería a su suerte. Jamás he presenciado ataque más gallardo que el que ejecutó contra la infantería enemiga la brigada de línea de la Legión Alemana del Rey, al mando del mayor general Bock. El éxito correspondió, y todo el cuerpo de infantería, compuesto de tres divisiones enemigas de la 1ª división, fue hecho prisionero. Continuase después el alcance hasta Peñaranda, anoche; y nuestras tropas siguen aun al enemigo en su fuga. Su cuartel general estuvo por pocas horas anoche en dicho pueblo, a diez leguas del campo de batalla, y a la presente han adelantado considerablemente hacia Valladolid por el camino de Arévalo. Unídseles ayer en su retirada la caballería e infantería del ejército del Norte, según esperábamos, ha llegado demasiado tarde para servirles de algo. Es imposible conjeturar la pérdida del enemigo en esta acción, pero según todas las noticias, es muy considerable. Les hemos tomado once piezas de artillería, varios carros de municiones, dos águilas, y seis banderas. Un general, tres coroneles, tres tenientes coroneles, 130 oficiales de grado inferior, y de seis a siete mil hombres, son prisioneros. Nuestros destacamentos están sin cesar enviándonos otros muchos. El número de muertos en el campo es muy grande.
Tengo noticia de que el mariscal Marmont está mal herido y ha perdido un brazo, y que cuatro generales han sido muertos y varios heridos. Tan grandes ventajas no podían lograrse sin pérdida considerable por nuestra parte, pero ésta no ha sido tan grande que haya podido poner en mala situación al ejército o entorpecer sus operaciones. Tengo mucho placer en informar a V. S. que en éste día verdaderamente de prueba, cuyos acontecimientos he relatado, tengo mil razones para estar satisfecho de la conducta de los oficiales, generales, y tropas. La relación que llevo escrita de dichos acontecimientos dará una idea general de la parte que cada individuo ha tenido en ellos, y no es posible que me exceda en alabanzas de la conducta de cada uno de ellos en su puesto.
Debo mucho al mariscal sir William Beresford por sus amistosos consejos y ayuda, tanto antes como durante la acción; igualmente a los teniente generales sir Stapleton Cotton, Leith y Cole, y a los mayores generales Clinton, y el honorable Edward Pakenham, por el modo en que condujeron las divisiones de caballería é infantería de su respectivo mando. Al mayor general Hulse que mandó una brigada de la 6ª división, al mayor general G. Anson que mandó una brigada de caballería, al coronel Hinde, al coronel Honorable William Ponsonby que mandó la brigada del mayor general Le Marchant desde que murió dicho oficial, al mayor general William Anson que mandó una brigada en la 4ª división; al mayor general Pringle que mandó una brigada en la 5ª división, y toda la división cuanto el Teniente General Leith fue herido. Al brigader general Bradford, al brigadier general Spry, al coronel Stubbs y brigader general Power del ejército portugués. Igualmente al teniente coronel Campbell del 94º que mandó una brigada en la 3ª división, al teniente coronel Williams del 60º de infantería, al teniente coronel Wallace del 88º que mandó una brigada en la 3ª división, al teniente coronel Ellis del 23º que mandó la brigada del general honorable Edward Pakenham en la 4ª división durante la ausencia de éste para mandar la 3ª división, el honorable teniente coronel Greville del regimiento 38º que mandó la brigada del mayor general Hay por ausencia de éste con licencia, al brigadier general Pack, al brigadier general conde de Rezendi del ejército Portugués, al teniente coronel conde de Ficalbo del mismo regimiento, al teniente coronel Bingham del regimiento 53º, también al brigadier general D’Urban, al teniente coronel Hervey del 14º de dragones y al teniente coronel honorable Frederic Ponsonby que mandó el 12 de dragones ligeros.
También debo hacer mención del teniente coronel Woodford que mandó el batallón ligero de la brigada de Guardias, que sostenida por dos compañías de fusileros al mando del capitán Crowder, mantuvo el pueblo de Arapiles contra todos los esfuerzos del enemigo, antes del ataque de nuestras tropas sobre su posición.
En un caso en que la conducta de todos ha sido superiormente buena, siento que los límites indispensables de éste despacho me impidan el llamar la atención de V.S. hacia un número más considerable de individuos, más, puedo asegurar a V.S. que no hubo oficial o cuerpo en esta acción, que no haya hecho su deber tal cual lo exigía su soberano y su patria.
La artillería real y alemana, al mando del teniente coronel Framingham, se distinguió por el acierto de su fuego en todos los puntos en que fue posible usarla, y avanzaron al ataque de la posición enemiga con igual gallardía que las demás tropas.
Estoy muy agradecido al teniente coronel De Lancy, diputado cuartel maestre general y jefe interino del departamento, por ausencia del cuartel maestre general, y a todos los oficiales de dicho departamento, y del estado mayor, por la asistencia que me han dado, especialmente el honorable teniente coronel Dundas y el teniente coronel Sturgeon, del estado mayor y el mayor Scovell del antedicho departamento, al teniente coronel Waters, jefe interino del departamento de ayudantía-general en el Cuartel General, y a los oficiales de dicho departamento, igualmente que a los del Cuartel General, y de todas las divisiones del ejército. Al teniente coronel lord Fitzroy Somerset y a los oficiales de mi estado mayor. Entre éstos últimos pido muy particularmente a V.S. que llame la atención de S.A.R. el Príncipe Regente a S.A.S. el Príncipe Heredero de Orange, cuya conducta en el campo de batalla y en todas ocasiones, lo hace acreedor a mis mayores elogios, y le ha ganado el respeto y estimación en todo el ejército.
Tengo muchas razones para estar satisfecho con la conducta del mariscal de campo don Carlos de España y del brigadier don Julián Sánchez, como de las tropas de sus respectivos mandos. También con la del mariscal de campo don Miguel Álava, y del brigadier don Joseph O’Lawiva, empleados en este ejército por el gobierno español de quienes, junto a los jefes y pueblos españoles en general, he recibido toda la asistencia que podía esperar.
Es muy justo llamar la atención de V.S. en la ocasión presente al mérito de los oficiales de los departamentos civiles del ejército. No obstante la crecida distancia de nuestras operaciones, de nuestros almacenes, y de que el país está enteramente exhausto, nada nos ha faltado hasta ahora, gracias a la actividad y diligencia del comisario general Mr. Bisset, y de los oficiales de su departamento.
También debo notar que por la habilidad y atención del Dr. Mc Gregor, y de los oficiales del departamento de su cargo, nuestros heridos, igualmente que los del enemigo que han quedado en sus manos, están muy bien cuidados, y espero que muchos de estos hombres apreciables quedaran hábiles para el servicio.
El capital lord Clinton tendrá el honor de poner a los pies de S.A.R. el Príncipe Regente las águilas y banderas que tomaron al enemigo en esta acción.


Del mariscal de campo D. Miguel de Álava a la Regencia:


La divina providencia se ha dignado coronar las armas aliadas con una completa victoria en los campos de Salamanca la tarde del 22 del corriente: 6000 prisioneros, 22 cañones, 3 águilas y 200 oficiales son hasta ahora el fruto de esta importante victoria. Seguimos el alcance, y no les damos un momento de reposo.
Marmont, Bonnet, Ferrey, Clausel y Thomiers van muy mal heridos, y todos los que han visto, hablado ó tratado con los oficiales franceses y afrancesados que los seguían, todos convienen en que su pérdida no baja de 18000 hombres. La suerte de Castilla está decidida. Todos han sido héroes, y he visto lo que anteriormente tengo dicho al Gobierno, que los soldados ingleses harían prodigios por favorecer a Salamanca.
La pérdida de los aliados no pasa de 2000 hombres, la mayor parte de heridos. Peñaranda 24 de julio de 1812 No hay tiempo para más. El cuartel general va esta noche a Flores de Ávila.


Del mariscal de campo D. Carlos España


Excmo. Sr.: Tengo la dicha de anunciar a V. E. que la providencia se ha dignado bendecir con una completa victoria el valor y los esfuerzos del ejército aliado en el día de hoy. El mariscal Marmont había concebido el proyecto de repasar el Duero, y cortar al ejército aliado antes de llegar al Tormes; pero viendo frustrado este plan por la marcha prudente, y las maniobras del Excmo. Sr. Duque de Ciudad-Rodrigo, tuvo la confianza de pasar a la izquierda del Tormes con su ejército por los vados de Huerta y Encinas, a legua y media de Salamanca, en la tarde del 21. El Excmo. Sr. Duque de Ciudad Rodrigo hizo igualmente pasar su ejército a la izquierda de este río. El enemigo aparentó al romper este día la intención de querer flanquear al ejército aliado, ventajosamente situado, la izquierda apoyada al Tormes, extendiéndose la línea por los altos, a la izquierda de los pueblos de Carbajosa y Latorre, y la derecha al frente del pueblo de Arapiles. El enemigo hizo atacar por una fuerte línea de tiradores los puestos avanzados del ejército aliado, de la izquierda y centro, para encubrir su verdadera intención de doblar la derecha, para cuyo movimiento le favorecía mucho el bosque que desde los expresados vados se extiende en dirección de Alba. El cañoneo fue muy vivo entre ambas posiciones desde el romper el día hasta las 4 de la tarde, que saliendo del bosque las columnas enemigas, se apoderó una de ellas de una altura a la derecha del pueblo de Arapiles, que podía servir de base a su intención decidida de flanquear la derecha del ejército aliado, pero el Excmo. Sr. Duque de Ciudad Rodrigo la hizo atacar al instante, y fue desalojada con el mayor denuedo por el honorable mayor general Packenam con la tercera división de su mando, yo tuve orden para sostener en segunda línea este ataque con la división de tropas nacionales de mi cargo, cuyo movimiento ejecuté en los términos de la orden. Arrojado el enemigo de este punto, fue al mismo tiempo cargado por la caballería del ejército aliado con el mayor suceso, a pesar de la dificultad del terreno. Al mismo tiempo el señor general en jefe mandó atacar todos los puntos de la línea enemiga. El fuego fue por una y otra parte de lo más vivo, pero al fin los enemigos a pesar de su ventajosa situación, tuvieron que ceder al valor del ejército aliado, y la noche sola favoreció su retirada y puso fin a esta sangrienta batalla. Aunque no es posible en una línea tan extendida dar relación exacta de los sucesos, creo poder asegurar con toda certidumbre a V. E. por lo que he visto, que la pérdida del enemigo no baja de 16000 hombres, que gradúo del modo siguiente: 4000 muertos, doble número de heridos, y 4000 prisioneros, cuya mayor parte he visto desfilar por delante de la división. Sé que se han tomado varias piezas de artillería y algunas águilas, pero no puedo fijar el número. He sabido por los oficiales prisioneros que se hallaban heridos varios generales, entre ellos el mariscal Marmont. La división de mi mando ha ejecutado durante la batalla varios movimientos; la primera sección, al mando del brigadier D. Ignacio Francisco Ceded, y la segunda al del coronel D. Felix O Nelly, y así como otras divisiones del ejército no han tenido sobre sí la parte activa de la acción, hallándose en los puestos que les estaban asignados de segunda línea ó reserva, lo mismo ha sucedido a la división española; pero es justo que haga una particular mención a V. E. de la buena voluntad que han manifestado los señores jefes, oficiales y tropa, y sus deseos de llegar a las manos con el enemigo, y la serenidad con que han quedado expuestos al fuego de la artillería que felizmente ha causado poco efecto entre nuestras filas durante los movimientos que ha tenido que ejecutar. Debo elogio particular a los señores comandantes de sección, al coronel D. Ventura Mena, jefe del estado mayor de la división, y a los ayudantes generales que me han asistido en esta ocasión como en todas aquellas en que ha habido la esperanza de combatir al enemigo. El mariscal de campo D. Fernando Butrino, comisionado en esta provincia por el Excmo. Sr. comandante general interino del quinto ejército, se ha hallado en la batalla. Nuestro Señor guarde a V. E. muchos años.
Campo de batalla, cerca del pueblo de Arapiles, a una legua de Salamanca, 22 de julio de 1812. Excmo. Sr. Carlos España. —Excmo. Sr. D. José María Carvajal.


Alba de Tormes 23 de julio
Don Carlos España al jefe del estado mayor del quinto ejército


En la mañana del 23, el ejército aliado en varias columnas contiguas se dirigió sobre Alba de Tormes, y la caballería pasó por los vados de Encina y Huerta para venir a tomar de revés las comunicaciones de Alba hacia Peñaranda, por donde el enemigo había emprendido su retirada en la noche del 22 al 23, después de haber perdido la batalla. Al entrar en Alba con la división de mi cargo, he sabido que el mariscal Marmont se halla herido de un casco de metralla en un brazo, de modo que ha sido preciso sacarlo en andas, conducido por 4 granaderos, y ha salido de esta villa hacia Peñaranda al romper este día. El general de división Ferey ha salido también mortalmente herido, y de menos consideración los generales de división Moenne y Claussel. Muchos oficiales de grado superior se hallan en situación igual y todo el ejército en bastante consternación. Acabo de saber que la caballería del ejército aliado ha alcanzado hace dos horas la retaguardia enemiga, y a pesar del cuadro que formó ésta, ha dado una carga brillante entre GarciaHernandez y Peñarandilla, resultando un gran número de prisioneros.
He tenido orden de dejar un batallón para hacerse cargo del gran número de prisioneros que han resultado de la batalla, y tendré el honor de informar a V. E. del resultado de las operaciones ulteriores.
 
Una vez terminada la lucha, el campo de batalla queda cubierto de heridos y cadáveres. Se estiman las bajas aliadas en 5.220, y las francesas en 12.435 hombres. El mariscal Marmont está gravemente herido en un brazo y el mando del ejército francés pasa al general Clausel. Éste determina retirarse hacia Valladolid e intenta mantener el orden del destrozado ejército de Portugal.
Mientras tanto, el rey José ha conseguido reunir un contingente de tropas para acudir en ayuda de Marmont. La nula comunicación entre los dos ejércitos franceses impide llegar al Rey a tiempo de evitar el descalabro, y por muy poco no cae en manos de las tropas de Wellington. El conde Miot de Melito, que acompaña al Rey, escribe en sus memorias:


El Rey salió de Madrid el 20 de julio a la cabeza de un cuerpo de 14.000 hombres, compuesto de excelentes tropas con una buena artillería. Lo acompañé, y fuimos a dormir el 22 al Escorial. Nosotros hemos tenido poco tiempo para examinar este famoso convento cuya descripción, por otra parte, se encuentra por todas partes. El 23 cruzamos la montaña de Guadarrama, y el 24 acampamos cerca del pueblo de Blasco-Sancho (a cuatro leguas de Peñaranda), uno de los puntos indicados al duque de Ragusa para efectuar nuestra unión con él. Nos asombramos, sin embargo, de no entrevistarnos con algún emisario enviado por él; pero como habíamos recogido en marcha la noticia de un combate que se decía haber tenido lugar, con ventaja de los franceses, a poca distancia del Duero, nosotros habíamos calculado naturalmente que el mariscal, de acuerdo con las instrucciones que había recibido, había pasado hacia la orilla izquierda de Duero; y contando con una próxima reunión, avanzábamos llenos de esperanza y confianza. Las órdenes ya se daban para marchar hacia delante, y se supo efectivamente que hacía el 18 de julio en Castrejon, un combate de la vanguardia, venció al cuerpo del general Cotton. Llegamos a Blasco-Sancho, cuando, hacia la noche, un campesino aportó la noticia que el ejército de Portugal, después de haber luchado con los ingleses cerca de Salamanca, se dirigía este día, 24 de julio, hacia Arévalo. Se envió inmediatamente un mensajero hacia esta población y se suspendió la salida al amanecer. El mensajero volvió a Blasco-Sancho el 25, a las ocho de la mañana, y no trajo más que incertidumbre. Vino con dos cartas, una del duque de Ragusa, otra del general Clausel, datadas en Arévalo el 24 de julio; y he aquí los detalles que contenía la primera: "El ejército de Portugal había pasado, el 18 de julio, el Duero por Tordesillas. La posición de los ingleses estaba sobre la orilla izquierda de este río, y la abandonaron con bastante precipitación. En los días 18,19 y 20, los dos ejércitos habían avanzado casi en paralelo, pero el ejército inglés se detuvo delante de Salamanca. El mariscal Marmont decidió pasar el Tormes y vino a pronunciarse sobre la orilla izquierda de este río, detrás de Salamanca. Los ingleses que, por este movimiento intrépido, veían su comunicación con Portugal enteramente cortada, no teniendo ya que elegir, se determinaron a pasar el Tormes sobre el puente de Salamanca, y a intentar la suerte de una acción que se ha convertido en necesaria para ellos. El combate tuvo lugar cerca de un pueblo nombrado Los Arapiles, el 22 de julio. El inicio había sido favorable a las armas francesas; pero el enemigo, que tiene una fuerza bastante considerable, a cuatro leguas de Peñaranda, sobre la carretera de Olmedo a Valladolid, hace un nuevo esfuerzo sobre nuestra ala izquierda, ésta había doblado y se perdió la batalla.
El mariscal Marmont ha resultado seriamente herido de un estallido de obús, nuestra pérdida se evalúa en 5.000 hombres. Después de la herida del mariscal, el general Clausel había tomado el mando del ejército. Tras este infeliz asunto, el ejército francés había vuelto a pasar precipitadamente el Tormes y se había retirado a Arévalo, para ganar por Olmedo la carretera de Valladolid.
La carta del general Clausel era la que afligía, más aún que la del duque de Ragusa. Era inútil tomar la ofensiva, incluso con la ayuda que el Rey traía, y que seguiría su retirada sin detenerse, para no perder la ventaja que tenía sobre los enemigos y ganar Valladolid antes que ellos. Por otro lado, ni el mariscal ni el general parecían tener conocimiento, antes de la batalla, del movimiento del Rey, y probablemente ni uno ni otro habrían pensado comunicarnos estos acontecimientos, si no hubiéramos enviado un mensajero a Arévalo. Se puede juzgar según esto qué peligro habíamos corrido ¡Si la casualidad no lo había puesto en la vía, habríamos ido el 25 por la mañana para Peñaranda dónde nosotros habríamos encontrado al ejército enemigo en vez de al ejército de Portugal! No había un momento que perder para alejarnos nosotros de una tan peligrosa vecindad. Dejamos al mediodía pues Blasco-Sancho, para ir a Lavajos, y ponernos en condiciones de volver a pasar lo más prontamente posible el puerto de Guadarrama. Durante el camino, nos perdimos en conjeturas sobre los motivos que habían podido determinar al duque de Ragusa hacer este movimiento imprevisto. Después de haber esperado sobre la orilla derecha del Duero, durante veinticinco días, la ayuda que había pedido al ejército del norte; después de haber escrito y haber repetido tantas veces que no se observaba con bastante fuerza para hacer frente al ejército inglés; después de haber debido enterarse de que el Rey le traía un refuerzo de 14.000 hombres ¿cómo había podido decidirse precipitadamente a volver a pasar el Duero? ¿cómo, sin haber hecho su unión, o con la ayuda que venía del norte, o con la que llegaba de Madrid, había reanudado la ofensiva contra un enemigo que se había pronunciado sobre la orilla izquierda del río, y no hacía ninguna demostración contra él? Sin poder admitir que ninguno de los numerosos dictámenes que el Rey le había hecho emitir no le había llegado, podía al menos ignorar que un refuerzo del ejército del norte se acercaba, y si prolongaba solamente cuatro o cinco días la inacción en la cual había permanecido durante cerca de un mes, recibía, de dos lados, a la vez, un aumento de fuerzas que le devolvía una superioridad sobre el enemigo para combatir. ¿Era pues el temor de perder la autoridad ante la presencia del Rey? ¿Era la ambición de no compartir con nadie el honor de una victoria, que ya lo había llevado a sacrificarlo todo? ¿Su vanidad personal? Es lo que no podíamos decidir, y sobre esto la verdad es aún hoy un misterio. Pero cualesquiera que sean los motivos interiores de la conducta del duque de Ragusa, sobre los cuales sería temerario pronunciar, su manera de actuar en esta circunstancia no podría, al juicio de los hombres del arte, que justificarse militarmente. Siempre fue observada por ellos como una gran falta, y finalmente, o falta, o descrédito de la fortuna. Pocas batallas perdidas han tenido consecuencias más desastrosas que la de Arapiles. Después de haber parado algunas horas para descansar a Lebajoz, nos volvimos a poner en marcha y nos proponíamos pasar la sierra de Guadarrama en la mañana del 27 de julio...

Texto extraído del libro 1812 Wellington en Valladolid publicado por la Diputación de Valladolid en 2009
 
Despacho del general Moscoso extraído del portal PARES:
 



El campo de batalla:
 

 Servicio Cartográfico del Ministerio de Defensa


































 
Aula de interpretación del campo de batalla:











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Información práctica: http://www.sitiohistoricolosarapiles.com/