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miércoles, 28 de marzo de 2012

LIBRO 'EL SITIO DE ASTORGA DE 1812. UNA OFENSIVA PARA LA VICTORIA' DE ARSENIO GARCÍA




Se acaba de publicar un nuevo libro de Arsenio García Fuertes ‘El Sitio de Astorga de 1812. Una ofensiva para la victoria’ Con fuentes inéditas Arsenio nos lleva día a día  hasta la capitulación de la plaza, recuperada por el 6º ejército español el día 19 de agosto. Uno de los puntos fuertes de este excelente libro es el análisis de la relación entre Santocildes y Wellington, y la ayuda prestada por el ejército español en los movimientos tácticos que terminaron en la batalla de Salamanca.  El libro se completa con una serie de ilustraciones de Francisco Vela Santiago. 
Yo lo he adquirido a través de esta librería: http://cervantesastorga.com/ Su precio 24 €.  




Agradezco a Arsenio García la cesión para el blog de estas dos láminas: Astorga 1812 y Voluntarios de León junto a Santocildes. Su autor Francisco Vela Santiago. 


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viernes, 23 de marzo de 2012

SOLICITUD DE BIC PARA EL COLEGIO DE LOS ESCOCESES DE BOECILLO (CUARTEL GENERAL DE WELLINGTON EN 1812)



 Tras el aumento de protección del edificio, dentro del plan urbano del municipio de Boecillo. El Ayuntamiento, en el pleno celebrado el día 22 de diciembre de 2011, a acordado solicitar a la Junta de Castilla y León la categoría de Bien de Interés Cultural (BIC) para el edificio que fue utilizado por Welington en 1812 como cuartel general. 

Los que siguen este blog saben lo que me alegra dar esta noticia, que espero sea plena con la concesión final por parte de la Junta.





Todas las entradas en el blog respecto a la historia del edificio relacionada con Wellington y la denuncia sobre su estado:

http://1808-1814escenarios.blogspot.com.es/2011/12/el-ayuntamiento-de-boecillo-aumenta-la.html

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sábado, 17 de marzo de 2012

LA CONSTITUCIÓN DE 1812, EL FIN DE UN SUEÑO


El próximo lunes 19 de marzo se cumplen 200 años de la promulgación de la Constitución de 1812 "La Pepa". Por tal motivo los medios de comunicación,  Cádiz y diversas instituciones, se están volcando con dicho evento. Hace 200 años la gente también celebraba la aparición de la Carta Magna http://1808-1814escenarios.blogspot.com/2009/09/publicacion-y-jura-de-la-constitucion.html , según se iban liberando las poblaciones de manos francesas se procedía a la publicación y posterior juramento (el siguiente día festivo al de la publicación) de la Constitución. Se celebraban actos, se colocaba una placa en la plaza principal y todo eran parabienes. Los mismos que se mostraron dos años después con la derogación de la Constitución de manos de nuestro deseado Fernando VII (pena que no se lo quedaran los franceses, cuanto mal hizo su reinado a España). Como todo el mundo se está centrando en los festejos de la promulgación de la Constitución de 1812, yo me voy dos años hacia delante, para mostrar la misma alegría que expresó el pueblo español... pero para su derogación. 
A partir de ese momento, recién terminada la guerra contra el francés, empezaba otra guerra en España.


Fernando VII, rey constitucional: historia diplomática de España de 1820 a 1823
Escrito por W. R. de Villa-Urrutia

El mismo día 24 de marzo (de 1814), en que cruzó el Fluviá, entró el Rey en Gerona (Fernando VII regresa a España tras su cautividad en suelo francés), donde se le juntó a poco el infante don Carlos, y desde allí dio noticia de su llegada a la Regencia en su carta, toda de su puño, que por su ambigüedad causó gran descontento a los amigos de las reformas, aunque se abstuvieron de mostrarla públicamente en las Cortes.

Sin pasar por Barcelona trasladáronse el Rey y los Infantes a Tarragona y luego a Reus. Según la ruta que, con arreglo al decreto de 2 de febrero, había señalado la Regencia, debía el Rey continuar su viaje por la costa del Mediterráneo a Valencia, para, desde allí, seguir a Madrid; pero bien fuera por no desairar a los zaragozanos, que por conducto de Palafox pidieron al Rey los honrase con su presencia, bien porque a don Fernando y sus consejeros les pareciese la ocasión propicia para comenzar a romper las tan molestas como depresivas trabas que los ligaban, resolvió S. M. dirigirse a Zaragoza con su hermano don Carlos, debiendo su tío don Antonio, que quedó ligeramente indispuesto en Mataró, encaminarse derechamente a Valencia. En Zaragoza fueron recibidos con indecible entusiasmo y allí permanecieron desde el 6 de abril, Miércoles Santo, hasta el Lunes de Pascua, habiendo quedado los zaragozanos edificados con la devoción del Rey en las fiestas del Pilar y de la Seo, y satisfechos con las visitas que hizo a las ruinas de la inmortal ciudad y a la Condesa de Bureta, la más popular entonces de todas las heroínas, porque en ella encarnaba la leyenda maravillosa de los Sitios.

Llegaron a Daroca el mismo día 11y por la noche celebróse una Junta para discutir la cuestión de si debía o no el Rey jurar la Constitución, cuestión magna en que andaba todavía indeciso don Fernando y que se afanaban por resolver los que con él venían, apremiados por estrechez del tiempo e inclinados a una solución negativa, que requería ciertas medidas enérgicas, innecesarias si el Rey se sometía y pasaba por las horcas caudinas constitucionales. Ya en Valençay, según refiere La Forest, había don Fernando discutido esta cuestión con los Infantes y con sus consejeros, al regreso de Madrid del duque de San Carlos, y había acabado por persuadirse de que lo más prudente era capear el temporal. Hallábase resuelto a no hacer acto ninguno de autoridad hasta verse instalado en Madrid con todos los requisitos y formalidades impuestos por las Cortes. Se dejaría llevar, no soltaría prendas, pondría por las nubes a sus súbditos, se mostraría animado del deseo de probar su reconocimiento a las Cortes adhiriéndose a la Constitución, y una vez en el seno de la Asamblea prestaría textualmente el juramento prescrito, pero leyendo antes un discurso que tenía ya redactado, en que constarían, hábilmente rebozadas, sus reservas mentales, o sea el sentido que daba al juramento que iba a prestar. Cuando tuviera en sus manos las riendas y conociera la opinión del ejército y de la nación, resolvería si debía desde luego romper las ataduras que le aprisionaban y dar una verdadera Constitución a su pueblo, o si había que andar más despacio y hacer que de las Cortes mismas saliera la reforma de la ley fundamental, ganándose para ello a unos cuantos corifeos.

Esta era la disposición de ánimo de Fernando VII cuando salió de Valençay; pero a los quince días de estar en España se percató de que los regentes y los diputados liberales, que se le habían antojado en Madrid al duque de San Carlos fieros leones, eran gente de mansa condición lanar, que, trastornado el seso por los aires gaditanos, se daban ínfulas de convencionales franceses; siendo así que mientras los franceses nutrieron su popularidad con los odios de la plebe, cebados en la inocente sangre de sus reyes, nuestros jacobinos, sin arraigo en el país y sin más aura popular que la viciada que se respiraba en la cercada Cádiz, vivían de la savia de la Monarquía y de la fuerza que les prestaba el rey cautivo. Puesto en libertad y restituido a su patria, había de gozar el deseado don Fernando de todos los prestigios y derechos de la realeza, que sólo a título representativo y precario disfrutaron las Juntas, Regencias y Cortes soberanas y que querían devolver harto mermadas al monarca.

En la Junta reunida en Daroca planteó la cuestión de la jura de la Constitución el duque de San Carlos, que era a ella contrario, apoyándole con gran calor el Conde del Montijo. Opinó en favor del juramento Palafox, a quien únicamente siguió el Duque de Frías; pero respetando los derechos del Rey de introducir en la Constitución las alteraciones convenientes o necesarias. Mostróse indeciso el de Osuna y se separaron todos sin convenirse en nada. Pocos instantes después determinó el Rey enviar a Madrid al del Montijo para que averiguase lo que tramaban los liberales y dispusiese los ánimos del pueblo a favor de las resoluciones del Rey, cualesquiera que fuesen; misión que le venía al Conde como anillo al dedo, dadas sus aficiones levantiscas y sus amistades con gente pendenciera y bulliciosa.

El 15 de abril llegó el Rey a Segorbe, y allí se celebró una nueva junta, a que concurrieron, además de Palafox y los Duques de San Carlos, Frías y Osuna, el del Infantado y don Pedro Gómez Labrador, que vinieron de Madrid, y don Pedro Macanaz, que había llegado de Valencia con el infante don Antonio. No asistió Escóiquiz por haberse adelantado a Valencia para avistarse con sus amigos y explorar los ánimos. En esta junta, en la que se presentó como de sorpresa el infante don Carlos, reprodujeron Frías y Palafox los dictámenes que dieron en Daroca, y también Osuna, pero más flojamente, atribuyéndolo Toreno al influjo de una dama, de quien estaba muy apasionado, la cual, muy hosca entonces contra los liberales, amansó después y cayó en opinión opuesta y muy exagerada. Para el duque del Infantado no había más que tres caminos: jurar, no jurar o jurar con restricciones; y aunque no a las claras, vióse que prefería el último, que, sin ser tan llano como el primero, no era tan áspero como el segundo. Macanaz se limitó a manifestar que el Rey, como el Infante, sabían su opinión, sin determinar cuál fuese, y otro tanto dijo San Carlos, siendo evidente que ambos pensaban de igual modo y muy conocido el parecer del Duque. Labrador, que tenía más de apasionado que de cuerdo, votó, con el tono airado y descompuesto que le era propio, "por que de ningún modo jurase el Rey la Constitución, siendo necesario meter en un puño a los liberales", a quienes no perdonaba el haberle expulsado del Ministerio de Estado, después de haber él expulsado de España al Nuncio de Su Santidad. Disolvióse la junta de Segorbe, como la de Daroca, sin que recayera acuerdo, pero descubriéndose harta cuál había de ser éste y la resolución, por ende, de Su Majestad.

En Valencia, donde llegó el Rey el 16, aguardábale el cardenal Borbón, presidente de la Regencia, acompañado del ministro interino de Estado don José Luyando, así como también los ex regentes don Juan Pérez Villamil y don Miguel de Lardizábal, malquistos ambos con las Cortes y destinados a influir muy principalmente en las resoluciones que en la capital levantina se adoptaron. Acudió asimismo a ofrecer sus respetos al Monarca el embajador inglés sir Henry Wellesley, que fue recibido con ostensibles muestras de agrado y de reconocimiento por los servicios que a la causa española había prestado la Gran Bretaña. Conocida era la opinión de don Enrique, poco favorable a la Constitución del 12; pero consultado por el Rey, dióle el consejo de aceptarla, manifestándole que le sería imposible asociarse a las medidas que S. M. pensaba adoptar, y para las cuales tampoco podría contar con el apoyo de lord Wellington, que había indicado el duque de San Carlos. No quería el Embajador que su opinión pudiera comprometer a su Gobierno, haciéndole en cierto modo responsable de las medidas militares que para !a restauración de la Monarquía absoluta se iban trasluciendo, a pesar del sigilo con que se preparaban. Porque el primer elemento con que necesitaba contar Fernando VII para imponer su voluntad, según ya presentía y declaraba en Valençay, era el ejército, y éste, por boca del general Elío y de sus oficiales, juró sostener al Rey en la plenitud de sus derechos. Aportaron también al Rey sus votos no pocos diputados, llamados Persas. por las palabras: "Era costumbre en los antiguos persas", que encabezaban la exposición que dirigieron a Su Majestad, y de la que fue portador el primero de los firmantes, don Bernardo Mozo de Rosales; exposición en que, después de hacer el elogio de la Monarquía absoluta, se pedía que se procediera a celebrar las Cortes con la solemnidad y en la forma que se celebraron las antiguas. No le faltó, por último, a don Fernando, para alentarle a seguir una política que había de serle naturalmente grata, la voz de la prensa, representada aquellos días en Valencia por un papel que, con el título de Lucindo, publicaba don Justo Pastor Pérez, empleado en rentas decimales y absolutista acérrimo que, tanto en Cádiz como en Madrid, había hecho ya campaña contra las Cortes.

El cardenal Borbón, aleccionado por sus colegas de la Regencia y por los prohombres que acaudillaban las huestes liberales, venía dispuesto a no besar la mano al Rey hasta que no hubiese jurado la Constitución y se hubiese verificado, con arreglo al decreto de 2 de febrero, la transmisión de los poderes. Encontróse con Su Majestad cerca de Puzol, y habiéndose apeado cada cual de su carruaje, acercóse el Cardenal al Rey, y éste, vuelto el rostro, en señal de enojo, alargóle la mano para que se la besara. Recordando sus instrucciones, trató don Luis de bajar y no besar la mano; pero nótalo el Rey, y pálido de cólera ante aquella resistencia, extendió el brazo y, presentándole la diestra, dijo al Cardenal con imperioso tono: Besa. Y el Cardenal besó. Y así como en los campos de Villalar tuvieron, con la rota de los Comuneros, sangriento y trágico fin las libertades castellanas, así también en el campo de Puzol, al imponer Fernando VII el besamanos al cardenal Borbón, presidente de la Regencia, acabó de un modo visible, pero incruento y cómico, con aquella Constitución del año 12, en que el liberalismo español había puesto todas sus esperanzas y todos sus amores.

Desde aquel momento recobró el Rey la plenitud de su autoridad y cesó por completo la de la Regencia. El Cardenal y el Ministro de Estado visitaban al Rey con frecuencia para informarse de su salud, quebrantada por un ataque de gota que le obligó a retrasar el viaje ; mas encerrábanse luego en su posada, sin que llegaran a sus oídos chismes ni noticias ni se percataran de la tempestad que sobre las Cortes se cernía. Era el Cardenal un pobre hombre, con cara y hechos de bobo, a quien los liberales, por haberse a ellos arrimado, atribuyéronle en seguida toda clase de recónditas cualidades y de ciencia infusa, como si se hubiera sobre él posado el propio Paracleto. No le andaba en zaga al Cardenal, en lo de pobre de espíritu y de entendimiento, el Ministro de Estado que le acompañaba, hombre de bien, muy arreglado, pero sin salida alguna para los casos arduos, por lo que no era de esperar que la encontrara para el apretado trance en que se hallaban.

La caída de Napoleón acabó con las dudas del Rey y con sus escrúpulos, si alguna vez los tuvo, y el 4 de mayo quedó firmado de la real mano y refrendado por don Pedro Macanaz el manifiesto o decreto que escribió don Juan Pérez Villamil en colaboración, según se dijo, con don Pedro Gómez Labrador , colaboración de la que resultaron entre sí reñidos y descompadrados ; llevando la pluma, como secretario, el ayuda de peluquero que había sido de Palacio don Antonio Moreno, hombre que hacía a pluma y a pelo, y a quien se premió por este servicio con el nombramiento de Consejero de Hacienda. Túvose oculto hasta el 11 de mayo, que apareció en las esquinas de Madrid, el tal manifiesto, cuyo párrafo principal declaraba la Constitución y los decretos de las Cortes "nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo".

El día 5 tomó el Rey el camino de la capital, acompañado de los Infantes y escoltado por una división del segundo Ejército, mandada por el general Elío, habiéndose acercado ya a Madrid tropas, a cuyo frente estaba el general don Santiago Whittingham, súbdito británico, que como Capitán había asistido a la batalla de Bailén y como Coronel a la de Medellín, ingresando luego en el Ejército español. Dispuso S. M. que regresasen a Madrid el cardenal Borbón y don José Luyando; mas antes de que lo hubiesen verificado recibieron orden de retirarse, el uno a su diócesis de Toledo, y el otro, como marino, a Cartagena.

Nombraron las Cortes, para que saliera al encuentro del Rey, una Comisión, presidida por el Obispo de Urgel, que le alcanzó en la Mancha; pero se negó don Fernando a darle audiencia y mandó que le aguardasen en Aranjuez, para evitar todo contacto con una autoridad condenada a desaparecer. Durante la noche del 10 al 11 de mayo, y en virtud de Real orden, de cuya ejecución se encargó el general Eguía, previa y calladamente nombrado Capitán general de Castilla la Nueva, fueron presos los dos regentes Agar y Ciscar, los ministros Álvarez Guerra y García Herreros y los más conspicuos liberales de ambas Cortes, extraordinarias y ordinarias, Argüelles, Muñoz Torrero, Martínez de la Rosa, Villanueva, Canga Argüelles, Calatrava, el poeta Quintana, el actor Máiquez, y otros muchos, no pudiendo ser habidos algunos porque pasaron a tiempo a otras naciones, como le sucedió a Toreno, que, con Flores Estrada, emigró a Inglaterra, para tormento del embajador Fernán Núñez. Al Presidente de las Cortes, que lo era entonces un americano, el diputado por Puebla de los Ángeles, don Antonio Joaquín Pérez, le entregó, de orden de Eguía, el auditor de Guerra don Vicente María Patiño, un pliego con el manifiesto y decreto de 4 de mayo, según el cual cesarían las Cortes en sus sesiones, todos los papeles se depositarían en la Casa Ayuntamiento, los libros pasarían a la Biblioteca Real, y a cualquiera que tratase de impedir la ejecución de esta parte del decreto, de cualquier modo que lo hiciese, se le declaraba reo de lesa majestad y, como a tal, se le impondría pena de la vida. El buen Pérez, que era uno de los Persas, cumplió con delectación nada morosa el Real decreto, y como se vieran después sus méritos y servicios recompensados con una mitra —nada menos que la de Puebla de Nueva España—, dio la gente en sospechar que estaba el futuro Obispo en el secreto de cuanto iba a ocurrir.

En la mañana del 11 de mayo se tumultuó la plebe madrileña, cuyos ánimos se había encargado de preparar, según él sabía hacerlo, el Conde del Montijo. Y los mismos alborotadores de oficio, que antes capitaneaba el Cojo de Málaga y servían para adamar a los Diputados liberales y amedrentar a sus contrarios, se derramaron ahora por las calles lanzando gritos de venganza y muerte contra los liberales, puestos ya a buen recaudo, y brutalmente arrancaron y arrastraron la lápida de la Constitución; profanación nefanda, cuyo recuerdo hacía estremecer, años después, como historiador, al Conde de Toreno.

Así concluyó el Rey con aquel Gobierno, reconocido como legítimo por todas las Potencias aliadas, y de cuyas manos, sea como quiera, recibía la Monarquía independiente y libre de las huestes de Bonaparte. Así triunfó, según las palabras del Marqués de Miraflores, una nueva facción, que no miraba en nada el respeto a las prerrogativas del Trono, sino su ambición y el interés de que volviesen a aparecer antiguos abusos, a cuya sombra vivían.

El viernes 13, precedido de la división de Caballería que mandaba Whittinghan, entró el Rey en Madrid, no a caballo, sino en coche, del que tiraba el pueblo madrileño, y siguió la misma carrera que seis años antes, cuando vino de Aranjuez ciñendo la corona que en su favor había abdicado Carlos IV. No le faltaron tampoco ahora los arcos de triunfo y los estruendosos vítores de la muchedumbre, apiñada a su paso por las calles: mas no pudo ser unánime el contentamiento y el aplauso cuando el primer acto de gobierno del restaurado Soberano había sido llenar las cárceles de delincuentes políticos, cuyo único crimen era el de haber pecado de cándidos. Y tan cándidos eran los encarcelados liberales, "víctimas del fanatismo ambicioso de los clérigos y del rencor vengativo de los golillas", que esperaban mejorar de suerte con la llegada a Madrid del Duque de Ciudad Rodrigo, creyendo en la influencia inglesa, de que nadie hacía caso, y que ellos mismos habían combatido y quebrantado en las postrimerías de su mando.

Nombróse una Comisión para la substanciación de las causas de Estado, cuya presidencia se confirió al capitán general de Castilla la Nueva, gobernador militar y político de Madrid, don José de Arteaga, sucesor de Eguía, y a la horca fueron a parar, por antojo y orden del Rey, muchos liberales en los que ni aun la propia Comisión pudo hallar delito que mereciera tamaña pena.

Borrador, realizado por el duque de Infantado, del manifiesto de Fernando VII criticando las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812
Archivo Histórico Nacional,DIVERSOS-COLECCIONES,85,N.27 - 6 - Imagen Núm: 6 / 6









Manifiesto del 4 de mayo de 1814 sobre la derogación del régimen constitucional

Desde que la Divina Providencia, por medio de la renuncia espontánea y solemne de mi Augusto Padre me puso en el Trono de mis Mayores, del cual me tenía ya jurado sucesor del Reino por sus Procuradores juntos en Cortes, según fuero y costumbre de la Nación española usados de largo tiempo; y desde aquel fausto día, que entré en la capital en medio de las más sinceras demostraciones de amor y lealtad con que el pueblo de Madrid salió a recibirme, imponiendo esta manifestación de su amor a mi real persona a las huestes francesas, que con achaque de amistad se habían adelantado apresuradamente hasta ella, siendo un presagio de lo que un día ejecutaría este heroico pueblo por su Rey y por su honra, y dando el ejemplo que noblemente siguieron todos los demás del Reino: desde aquel día, puse en mi Real ánimo para responder a tan leales sentimientos, y satisfacer a las grandes obligaciones en que está un Rey para con sus pueblos, dedicar todo mi tiempo al desempeño de tan augustas funciones, y a reparar los males a que pudo dar ocasión la perniciosa influencia de un Valido, durante el Reinado anterior. Mis primeras manifestaciones se dirigieron a la restitución de varios Magistrados, y de otras personas a quienes arbitrariamente se había separado de sus destinos, pues la dura situación de las cosas y la perfidia de Bonaparte, de cuyos crueles efectos quise, pasando a Bayona, preservar a mis Pueblos, apenas dieron lugar a más. Reunida allí la Real Familia, se cometió en toda ella, y señaladamente en mi Persona, un tan atroz atentado, que la historia de las Naciones cultas no presenta otro igual, así por sus circunstancias, como por la serie de sucesos que allí pasaron; y violando en lo más alto el sagrado derecho de gentes, fui privado de mi libertad, y de hecho del gobierno de mis Reinos, y trasladado a un Palacio con mis muy amados hermano y tío, sirviéndonos de decorosa prisión casi por espacio de seis años aquella estancia. En medio de esta aflicción siempre estuve presente a mi memoria el amor y lealtad de mis Pueblos, y era gran parte de ella la consideración de los infinitos males a que quedaban expuestos: rodeados de enemigos, casi desprovistos de todo para poder resistirles; sin Rey, y sin un Gobierno de antemano establecido, que pudiese poner en movimiento, y reunir a su voz las fuerzas de la Nación, y dirigir su impulso, y aprovechar los recursos del Estado para combatir las considerables fuerzas que simultáneamente invadieron la Península, y estaban ya pérfidamente apoderadas de sus principales Plazas. En tan lastimoso estado espedí en la forma, que rodeado de la fuerza, lo pude hacer, como el único remedio que quedaba, el Decreto de 5 de mayo de 1808 dirigido al Consejo de Castilla, y en su defecto a cualquiera Cancillería o Audiencia que se hallase en libertad, para que se convocasen las Cortes; las cuales únicamente se habrían de ocupar por el pronto en proporcionar los arbitrios y subsidios necesarios para atender a la defensa del Reino, quedando permanentes para lo demás que pudiese ocurrir; pero este mi Real Decreto por desgracia no fue conocido entonces. Y aunque lo fue después, las Provincias proveyeron, luego que llegó a todas la noticia de la cruel escena provocada en Madrid por el Jefe d e las tropas Francesas en el memorable día 2 de Mayo, a su Gobierno por medio de las Juntas que crearon. Acaeció en esto la gloriosa batalla de Bailén: los Franceses huyeron hasta Vitoria, y todas las Provincias y la Capital me aclamaron de nuevo Rey de Castilla y León en la forma en que lo han sido los Reyes mis Augustos predecesores. Hecho reciente, de que las medallas acuñadas por todas partes dan verdadero testimonio, y que han confirmado los pueblos por donde pasé a mi vuelta de Francia con la efusión de sus vivas, que conmovieron la sensibilidad de mi corazón, a donde se grabaron para no borrarse jamás. De los Diputados que nombraron las Juntas se formó la Central; quien ejerció en mi Real nombre todo el poder de la Soberanía desde septiembre de 1808 hasta enero de 1810; en cuyo mes se estableció el primer Consejo de Regencia, donde se continuó el ejercicio de aquel poder hasta el día 24 de septiembre del mismo ano; en el cual fueron instaladas en la Isla de León las Cortes llamadas generales y extraordinarias, concurriendo al acto del juramento, en que prometieron conservarme todos mis dominios como a su Soberano, 104 Diputados; a saber, 57 propietarios y 47 suplentes, como consta del acta que certificó el Secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia, don Nicolás María de Sierra. Pero a estas Cortes, convocadas de un modo jamás usado en España aun en los casos más arduos, y en los tiempos turbulentos de minoridades de Reyes, en que ha solido ser más numeroso el concurso de Procuradores, que en las Cortes comunes y ordinarias, no fueron llamados los Estados de Nobleza y Clero, aunque la Junta Central lo había mandado, habiéndose ocultado con arte al Consejo de Regencia este Decreto, y también que la Junta se había asignado la presidencia de las Cortes, prerrogativa de la Soberanía, que no había dejado la Regencia al arbitrio del Congreso, si de él hubiese tenido noticia. Con esto quedó todo a la disposición de las Cortes, las cuales en el mismo día de su instalación, y por principio de sus actas, me despojaron de la Soberanía, poco antes reconocida por los mismos Diputados, atribuyéndola nominalmente a la Nación, para apropiársela así ellos mismos, y dar a ésta después, sobre tal usurpación, las Leyes que quisieron, imponiéndola el yugo de que forzosamente la recibiese en una nueva Constitución, que sin poder de Provincia, Pueblo ni Junta, y sin noticia de las que se decían representadas por los suplentes de España e Indias, establecieron los Diputados, y ellos mismos sancionaron y publicaron en 1812. Este primer atentado contra las prerrogativas del Trono, abusando del nombre de la Nación, fue como la base de los muchos que a éste siguieron; y a pesar de la repugnancia de muchos Diputados, tal vez del mayor número, fueron adoptados y elevados a Leyes que llamaron fundamentales, por medio de la gritería, amenazas y violencias de los que asistían a las Galerías de las Cortes, con que se imponía y aterraba; y a lo que era verdaderamente obra de una facción, se le revestía del especioso colorido de voluntad general, y por tal se hizo pasar la de unos pocos sediciosos, que en Cádiz, y después en Madrid, ocasionaron a los buenos cuidados y pesadumbre. Estos hechos son tan notorios, que apenas hay uno que los ignore, y los mismos Diarios de las Cortes dan harto testimonio de todos ellos. Un modo de hacer Leyes tan ajeno de la Nación Española, dio lugar a la alteración de las buenas Leyes con que en otro tiempo fue respetada y feliz. A la verdad casi toda la forma de la antigua Constitución de la Monarquía se innovó; y copiando los principios revolucionarios y democráticos de la Constitución Francesa de 1791, y faltando a lo mismo que se anuncia al principio de la que se formó en Cádiz, se sancionaron, no Leyes fundamentales de una Monarquía moderada, sino las de un Gobierno popular con un Jefe o Magistrado, mero ejecutor delegado, que no Rey, aunque allí se le dé este nombre para alucinar y seducir a los incautos y a la Nación. Con la misma falta de libertad se firmó y juró esta nueva Constitución; y es conocido de todos, no sólo lo que pasó con el respetable Obispo de Orense, pero también la pena con que a los que no la jurasen y firmasen, se amenazó. Para preparar los ánimos a recibir tamañas novedades, especialmente las respectivas a mi Real Personal y prerrogativas del Trono se circuló por medio de los papeles públicos, en algunos de los cuales se ocupaban Diputados de Cortes y abusando de la libertad de Imprenta establecida por éstas, hacer odioso el poderío Real, dando a todos los derechos de la Majestad el nombre de Despotismo, haciéndose sinónimos los de Rey y Déspota, y llamando Tiranos a los Reyes: habiendo tiempo en que se perseguía cruelmente a cualquiera que tuviese firmeza para contradecir, o si quiera disentir de este modo de pensar revolucionario sedicioso; y en todo se aceptó el Democratismo, quitando del Ejército y Armada, y de todos los Establecimientos que de largo tiempo habían llevado el título de Reales, este nombre, y sustituyendo el de Nacionales, con que se lisonjeaba al Pueblo: quien a pesar de tan perversas artes conservó, con su natural lealtad, los buenos sentimientos que siempre formaron su carácter. De todo esto, luego que entré dichosamente en el Reino, fui adquiriendo fiel noticia y conocimiento, parte por mis propias observaciones parte por los papeles públicos, donde hasta estos días, con imprudencia, se derramaron especies tan groseras e infames acerca de mi venida y de mi carácter, que aun respecto de cualquier otro serían muy graves ofensas, dignas de severa demostración y castigo. Tan inesperados hechos llenaron de amargura mi corazón y sólo fueron parte para templarla las demostraciones de amor de todos los que esperaban mi venida, para que con mi presencia pusiese fin a estos males, y a la opresión en que estaban los que conservaron en su ánimo la memoria de mi Persona, y suspiraban por la verdadera felicidad de la Patria. Yo os juro y prometo a vosotros, verdaderos y leales Españoles, al mismo tiempo que me compadezco de los males que habéis sufrido, no quedaréis defraudados en vuestras nobles esperanzas. Vuestro Soberano quiere serlo para vosotros; y en esto coloca su gloria, en serlo de una Nación heroica, que con hechos inmortales se ha granjeado la admiración de todas, y conservando su libertad y su honra. Aborrezco y detesto el Despotismo: ni las luces y cultura de las Naciones de Europa lo sufren ya; ni en España fueron Déspotas jamás sus Reyes, ni sus buenas Leyes y Constitución lo han autorizado, aunque por desgracia de tiempo en tiempo se hayan visto como por todas partes, y en todo lo que es humano, abusos de poder, que ninguna Constitución posible podrá precaver del todo; ni fueron vicios de la que tenía la Nación, sino de personas y efectos de tristes, pero muy rara vez vistas circunstancias que dieron lugar y ocasión a ellos. Todavía, para precaverlos cuanto sea dado a la previsión humana, a saber, conservando el decoro de la dignidad Real y sus derechos, pues los tiene de suyo, y los que pertenecen a los Pueblos, que son igualmente inviolables. Yo trataré con sus Procuradores de España y de las Indias; y en Cortes legítimamente congregadas, compuestas de unos y otros, lo más pronto que, restablecido el orden y los buenos usos en que ha vivido la Nación, y con su acuerdo han establecido los Reyes mis Augustos predecesores, las pudiere juntar; se establecerá sólida y legítimamente cuanto convenga al bien de mis Reinos, para que mis vasallos vivan prósperos y felices, en una Religión y un Imperio estrechamente unidos en indisoluble lazo: en lo cual, y en sólo esto consiste la felicidad temporal de un Rey y un Reino, que tienen por excelencia el título de Católicos; y desde luego se pondrá mano en preparar y arreglar lo que parezca mejor para la reunión de estas Cortes, donde espero queden afianzadas las bases de la prosperidad de mis Súbditos, que habitan en uno y otro Hemisferio. La libertad y seguridad individual y real quedarán firmemente aseguradas por medio de Leyes que, afianzando la pública tranquilidad y el orden, dejen a todos la saludable libertad, en cuyo goce imperturbable, que distingue a un Gobierno moderado de un Gobierno arbitrario y despótico, deben vivir los Ciudadanos que estén sujetos a él. De esta justa libertad gozarán también todos, para comunicar por medio de la Imprenta sus ideas y pensamientos, dentro, a saber, de aquellos límites que la sana razón soberana e independientemente prescribe a todos, para que no degenere en licencia; pues el respeto que se debe a la Religión y al Gobierno, y el que los hombres mutuamente deben guardar entre sí, en ningún Gobierno culto se puede razonablemente permitir que impunemente se atropelle y quebrante. Cesará también toda sospecha de designación de las Rentas del Estado, separando la Tesorería de lo que se asignare para los gastos que exijan el decoro de mi Real Persona y Familia y el de la Nación a quien tengo la gloria de mandar, de la de las Rentas, que con acuerdo del Reino se impongan, y asignen para la conservación del Estado en todos los ramos de su Administración, y las Leyes que en lo sucesivo hayan de servir de norma para las acciones de mis Súbditos serán establecidas con acuerdo de las Cortes. Por manera que estas bases pueden servir de seguro anuncio de mis Reales intenciones en el Gobierno de que me voy a encargar, y harán conocer a todos, no un Déspota ni un Tirano, sino un Rey y un Padre de sus Vasallos. Por tanto, habiendo oído lo que únicamente me han informado personas respetables por su celo y conocimientos y lo que acerca de cuanto aquí se contiene se me ha expuesto en representaciones, que de varias partes del Reino se me han dirigido, en las cuales se expresa la repugnancia y disgusto con que así la Constitución formada en las Cortes generales y extraordinarias, como los demás establecimientos políticos de nuevo introducidos, son mirados en las Provincias; los perjuicios y males que han venido de ellos, y se aumentarían si Yo autorizase con mi consentimiento y jurase aquella Constitución. Conformándome con tan generales y decididas demostraciones de la voluntad de mis pueblos, y por ser ellas justas y fundadas, declaro: que mi Real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución ni a Decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias y de las ordinarias actualmente abiertas, a saber, los que sean depresivos de los derechos y prerrogativas de mi Soberanía, establecidos por la Constitución y las Leyes en que de largo tiempo la Nación ha vivido, sino el de declarar aquella Constitución y Decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitasen de en medio del tiempo y sin obligación en mis Pueblos y Súbditos, de cualquiera clase y condición a cumplirlos ni guardarlos. Y como el que quisiere sostenerlos y contradijese esta mi Real declaración, tomada con dicho acuerdo y voluntad, atentaría contra las prerrogativas de mi Soberanía y la felicidad de la Nación, y causaría turbación y desasosiego en estos mis Reinos, declaro reo de lesa Majestad a quien tal osare o intentare, y que como a tal se le imponga pena de la vida, ora lo ejecute de hecho, ora por escrito o de palabra, moviendo o incitando, o de cualquier modo exhortando y persuadiendo a que se guarden y observen dicha Constitución y Decretos. Y para que entre tanto que se restablece el orden, y lo que antes de las novedades introducidas se observaba en el Reino, acerca de lo cual sin pérdida de tiempo se irá proveyendo lo que convenga, no se interrumpa la administración de Justicia, es mi voluntad que entre tanto continúen las Justicias ordinarias de los Pueblos que se hallan establecidas, los Jueces de letras adonde los hubiere, y las Audiencias, Intendentes y demás tribunales de Justicia en la administración de ella, y en lo político y gubernativo los Ayuntamientos de los Pueblos según de presente están, y entre tanto se establece lo que convenga guardarse, hasta que, oídas las Cortes que llamaré, se asiente el orden estable de esta parte del gobierno del Reino. Y desde el día que este mi Real Decreto se publique, y fuere comunicado al Presidente que a la sazón lo sea de las Cortes, que actualmente se hallan abiertas, cesarán éstas en sus Sesiones; y sus actas, y las de las anteriores, y cuantos espedientes hubiere en su archivo y Secretaría, o en poder de cualesquier individuo, se recogerán por las personas encargadas de la ejecución de este mi Real Decreto, y se depositarán por ahora en la Casa del Ayuntamiento de la Villa de Madrid, cerrando y sellando la pieza donde se coloquen. Los libros de su Biblioteca pasarán a la Real; y a cualquiera que trate de impedir la ejecución de esta parte de mi Real Decreto, de cualquier modo que lo haga, igualmente le declaro reo de lesa Majestad, y que como a tal se le imponga pena de la vida. Y desde aquel día cesará en todos los Juzgados del Reino el procedimiento en cualquier causa que se halle pendiente por infracción de Constitución; y los que por tales causas se hallaren presos, o de cualquier modo arrestados, no habiendo otro motivo justo según las Leyes, sean inmediatamente puestos en libertad. Que así es mi voluntad, por exigirlo todo así el bien y la felicidad de la Nación.
Dado en Valencia, a cuatro de mayo de mil ochocientos catorce. Yo, EL REY. Como Secretario del Rey con ejercicio de Decretos, y habilitado especialmente para éste, Pedro de Macanaz.


Diferentes testimonios y narraciones de la acogida por el pueblo de la derogación de la Constitución de 1812.

SEVILLA
Habiéndose publicado en ella (Plaza de San Francisco) la Constitución promulgada en Cádiz en aquel año, puso aquí el gobierno una magnífica piedra con letras doradas que decía plaza de la Constitución, y mande quitar los azulejos de plaza de S. Francisco. Esta lápida y nombre duró hasta el día 6 de mayo de 1814, en que un alboroto popular arrancó la lápida y la hizo pedazos, y en su lugar (por haber variado aquel sistema) se colocó otra que decía plaza real de Fernando 7º, y debajo se puso otra loseta con esta inscripción: Sevilla para nuevo testimonio de su lealtad, para futuro documento de sus hijos el día 6 de mayo de 1814.
Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta M.N.M.L.Y.M.H. ciudad de Sevilla. 
Félix González de León

MADRID
Amanecido el día 11 de mayo, comenzó á explicarse la ira por largo tiempo represada. Arrancada aquella mañana la lápida de la Constitución, se entregó á una porción de gente prevenida al intento, la cual la arrastró por las calles con algazara, prorrumpiendo en execraciones contra la Constitución, contra las Cortes y contra los presos. Para dar á estos el torcedor que les preparó la ira de sus enemigos, y hacerles tragar otros frutos aun mas amargos, que entraban en el plan de aquel día, marcharon esta tumultuaria procesión por la calle escusada donde está la cárcel de la Corona, creciendo á la vista de ella con el ansia de los sediciosos, el clamor de los seducidos: algunos de ellos se propasaron á encaramarse hasta el cuarto principal, diciendo: "mueran los liberales." Dentro de la misma cárcel se oyó una voz que decía: “Lo que se hace con la lápida, debía hacerse con los autores de la Constitución." Siguieron los insultos de esta facción en los días inmediatos. Viéronse varias de estas cuadrillas capitaneadas por eclesiásticos: entre estos caudillos llamó la atención el vicario de la Trapa, cuyo monasterio acababan de restablecer las Cortes. Olvidóse este monje en aquellos momentos del retiro, del silencio y de la modestia de su profesión. Hasta por las noches iban á las cárceles á diferentes horas, tropas de mujeres cantando versos mezclados con insultos: en una de estas visitas se oyó una voz que decía: "que nos los entreguen á nosotros, que pronto pagarán lo que merecen." Fue esta una continuada y no reprimida sedición de días y noches; dirigíala una facción atizadora de esta corta porción de la incauta plebe. Del plan completo de ella se vio una muestra en la siguiente copla, que se puso en boca de varios, al parecer para que se cantase después de consumado el sacrificio:  Murieron los liberales, murió la Constitución, porque viva el Rey Fernando, con la Patria y la Religión.
Estudio político y biográfico encargado por la tertulia progresista de Madrid. Discursos que pronunció en el Congreso de los Diputados, Salustiano de Olózaga 11 y 12 de dic. de 1861.  Salustiano de Olózaga

Durante la invasión francesa continuó sirviendo esta plaza (Plaza Mayor) de mercado general, hasta que se trasladó á la plazuela de S. Miguel, y también de teatro de los suplicios de los patriotas españoles condenados á muerte por el gobierno de José.— En 1812 vio levantarse arcos triunfales para recibir las tropas anglo-hispano portuguesas al mando de lord Wellington. A los tres días de su entrada, el 15 del mismo agosto se publicó en ella solemnemente la Constitución política de la monarquía española, promulgada en Cádiz á 19 de marzo del mismo año, y se descubrió sobre el bacón de la Panadería la lápida con la inscripción en letras de oro Plaza de la Constitución 
Esta lápida fue arrancada y hecha pedazos el día 11 de mayo de 1814 con gran algazara; y en aquel mismo día alzaban los vendedores de la plaza tres arcos de verdura para recibir á Fernando VII de regreso de su cautiverio.
Escenas matritenses  Ramón de Mesonero Romanos

ZAMORA
El 12 de Abril con la noticia de hallarse nuestro Soberano Fernando VII en el territorio español, se reunieron muy de mañana varias gentes en la plaza mayor, y á vista de la guardia se hizo pedazos la lápida de la Constitución. En el instante todo el pueblo aclamó á Fernando VIl, á que acompañó un repique general de campanas, tiros y cohetea. En lugar de la lápida se colocó un retrato del Soberano baxo un magnífico dosel, á cuya vista exclamó el pueblo “viva Fernando nuestro redentor, nuestro alivio, nuestro consuelo”. Luego una comitiva de vecinos y oficiales se dirigió a casa del Gefe Político, le exoneraron de su autoridad, y entregaron el bastón al Marques de Villagodio, nombrándole corregidor. Inmediatamente le conduxeron al consistorio y enarboló en el balcón la bandera de Castilla con las armas de los Borbones, y se hizo segunda aclamación, diciendo: “viva Fernando, Religión y Patria”. A este tiempo se advirtió que pendía de una argolla la nueva Constitución, y dexándola allí por espacio de hora y media se echó al fuego con los pedazos de la lápida, y se esparcieron por el aire sus cenizas. A la tarde hubo procesión muy solemne, á que concurrieron todas las autoridades, los antiguos regidores, el clero, nobleza, oficialidad y tropa con inmenso gentío que había concurrido de los pueblos inmediatos, en cuyos semblantes se advertía el extremado júbilo.
El 13 hubo novillos, y fué depuesto de su empleo el tesorero general por notoriamente adicto á las nuevas instituciones, y se trata de hacer lo mismo con varios empleados nuevamente de la misma secta.

XEREZ DE LA FRONTERA.
Desde que llegó á esta ciudad la noticia de la entrada de su amado soberano en la península se manifestó su adhesión al antiguo, y el desafecto al nuevo sistema de gobierno, la oficialidad de varios regimientos que se hallaban en ella hizo borrar la inscripción del café del Arenal que decía: Café de la Constitución, conviniéndola en Real Café de S. Fernando. Pero en los días 26, 27 y 28 de Abril manifestaron estos mismos sentimientos con el mayor aplauso y regocijo universal. Luego que pasó la posta que conducía á Cádiz la gaceta extraordinaria del 21 se dispusieron luminarias y repique general de campanas; en la misma noche sacó la oficialidad en procesión el retrato de nuestro Monarca con multitud de hachas de cera y de viento, y lo conduxo por toda la ciudad, no oyéndose mas voz de todos los concurrentes que viva Fernando VII, interrumpida por algunos tiros á la lápida de la Constitución, que al día siguiente se advirtió mas sentida de los balazos. El 27 se celebró la solemne función de Iglesia, asistiendo el ayuntamiento, clero, oficialidad y demás corporaciónes, con indecibles muestras de alegría, y por la tarde se figuró la entrada del Monarca, llevando su retrato en un coche con toda la magnificencia posible, por las calles principales hasta las casas consistoriales, en que le esperaba el ayuntamiento de ceremonia, y se le colocó baxo dosel con guardias dobles, vistosa iluminación y música que duró hasta más de media noche.
El 28 por la tarde reunidas las comunidades, cabildo eclesiástico y demás clero de la ciudad para acompañar al ayuntamiento y oficialidad, fue conducido el retrato con la misma solemnidad que el día anterior en el coche, acompañado del gobernador y alcalde á la vidriera, y alrededor la oficialidad con espada en mano á Capuchinos, y colocado baxo dosel se cantó un solemnísimo Te Deum; de allí se dirigieron á Sto. Domingo, y al anochecer le conduxeron por el camino del Puerto, donde estaba formada toda la tropa, y concluyó esta función plausible, voluntaria y gratuita.
Es de advertir que en el 27, al tiempo de pasar el retrato por el paraje en que estaba la ya mal herida lápida de la Constitución, los muchachos principiaron á apedrearla, y no cesaron de su empresa hasta que la vieron hecha pedazos en el suelo.
El procurador general del rey y de la nación, Número 1;Número 92 
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domingo, 11 de marzo de 2012

REQUISICIÓN POR PARTE DE VARIAS PARTIDAS EN COLMENAR, MÁLAGA

En octubre de 1811 las partidas de don Jerónimo Valdés, Antonio Luque y el bolsero cercan la población malagueña de Colmenar en busca de dispersos y practicar una requisición entre sus habitantes. Al marcharse el regidor informa al gobernador de la provincia:



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domingo, 4 de marzo de 2012

DIORAMA RETIRADA DE LOS FRANCESES A SU PASO POR LA PUEBLA DE ARGANZÓN 1813

Este fin de semana se ha celebrado el II Concurso de modelismo estático Ciudad de Leganés. Entre todas las piezas mostradas destaco este diorama que escenifica la retirada, en 1813, del ejército francés a su paso por la Puebla de Arganzón







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