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domingo, 16 de diciembre de 2012

1812 EL AÑO DEL HAMBRE



En 1812 la situación para la población es desesperada.Tras cuatro años de guerra no quedan recursos para sostener a los habitantes del centro peninsular y a la gran cantidad de tropas acantonadas. Estamos en el año del hambre, la cosecha de 1811 fue mala y no ha sido suficiente para alimentar al pueblo y a los ejércitos. El precio de los principales alimentos ha sufrido un espectacular incremento, siendo imposible su adquisición por las clases más necesitadas. Hay que sumar las operaciones de las diferentes partidas guerrilleras que hacen difícil el tránsito de mercancías por los territorios de ambas Castillas.

Don Ramón Mesonero Romanos en sus memorias nos describe la situación en Madrid:
Pero una calamidad, superior aún a la dominación extranjera, a sus ruinosas exacciones y a los rigores de su abominable policía, principió a dibujarse desde el verano del año 11 en el horizonte matritense; esta calamidad suprema y jamás sospechada en la villa del Oso y el Madroño era ¡el hambre!, el hambre cruel, no sufrida acaso en tan largo período por pueblo alguno, y con tan espantosa intensidad. Las causas ocasionales de esta plaga asoladora, que llegó a amenazar la existencia de toda la población, no podían ser ni más lógicas ni más naturales. Cuatro años de guerra encarnizada, en que, abandonados los campos por la juventud, que había corrido a las armas, dificultaba cuando no suprimía del todo su cultivo; las escasas cosechas, arrebatadas por unos y otros ejércitos y partidas de guerrilleros; interrumpidas además casi del todo las comunicaciones por los azares de la guerra y lo intransitable de los caminos, y aislada de las demás provincias la capital del Reino, cuya producción es insuficiente para su abastecimiento, no era necesaria gran perspicacia para pronosticar que en un término de dado, y sin recurrir a otras presunciones más o menos vulgares y temerarias, había de resultar la escasez más absoluta, y comparable sólo a la de una plaza rigurosamente sitiada. 
Este momento angustioso llegó al fin hacia Septiembre de 1811, y a pesar de los medios empíricos adoptados por el Gobierno para luchar con la calamidad, tales como arrebatar de los graneros de los pueblos circunvecinos todas las mieses y los frutos para traerlos a Madrid, obligar a los tahoneros a cocer un grano que no tenían y a fijar para su venta un precio imposible de sostener, la escasez iba creciendo día a día, y los precios en el mercado subiendo proporcionalmente, en términos tales, que para la mayor parte del vecindario equivalía a una absoluta prohibición. En vano la industria y la necesidad hacían redoblar el ingenio para sustituir con otros más o menos adecuados los más indispensables artículos del alimento usual; en vano el pan de trigo candeal, que, tan justo renombre valió siempre a la fabricación de Madrid, fue sustituido por otro mezclado con centeno, maíz, cebada y almortas; en vano se adoptó, para compensar la falta de aquel, a la nueva y providencial planta de la patata, desconocida hasta entonces en nuestro pueblo; en vano se llegó al extremo de dar patente de comestibles a las materias y animales más repugnantes; la escasez iba subiendo, subiendo, y la carestía en proporción, colocando el necesario alimento fuera del alcance, no sólo del pueblo infeliz, sino de las personas o familias más acomodadas. -Baste decir que en los primeros meses del año 12 llegó a venderse en la plaza de la Cebada la fanega de trigo candeal a 540 rs., lo que daba una proporción de 18 y 20 rs. el pan de dos libras (que sólo se vendía de esta calidad en las tahonas de la calle del Lobo y plazuela de Antón Martín), y los garbanzos, judías, arroz, hasta la misma patata, todo seguía en sus precios la misma espantosa proporción. 
En situación tan angustiosa y desesperada, las familias más pudientes, a costa de inmensos sacrificios, podían apenas probar, nada más que probar, un pan mezclado, agrio y amarillento, y que, sin embargo, les costaba a ocho y diez reales, o sustituirle con una galleta durísima e insípida, o una patata cocida; pero el pueblo infeliz, los artesanos y jornaleros, faltos absolutamente de trabajo y de ahorro alguno, no podían siquiera proporcionarse un pedazo del pan inverosímil que el tahonero les ofrecía al ínfimo precio de veinte cuartos. 
Quisiera en esta ocasión tener a mi servicio la pluma del insigne Manzoni (incomparable pintor de la peste de Milán) para hacer sentir a mis lectores el aspecto horrible y nauseabundo que tan funesta calamidad prestaba a la población entera de Madrid; pero a falta de la del ilustre autor deI Promessi Spossi, sólo puedo ofrecerle la de un niño, también relativamente hambriento, y que ha conservado la profunda memoria, a par que la prueba material de aquella inmensa desdicha. 
El espectáculo, en verdad, que presentaba entonces la población de Madrid, es de aquellos que no se olvidan jamás. Hombres, mujeres y niños de todas condiciones abandonando sus míseras viviendas, arrastrándose moribundos a la calle para implorar la caridad pública, para arrebatar siquiera no fuese más que un troncho de verdura, que en época normal se arroja al basurero; un pedazo de galleta enmohecida, una patata, un caldo que algún mísero tendero pudiera ofrecerles para dilatar por algunos instantes su extenuación y su muerte; una limosna de dos cuartos para comprar uno de los famosos bocadillos de cebolla con harina de almortas que vendían los antiguos barquilleros, o algunas castañas o bellotas, de que solíamos privarnos con abnegación los muchachos que íbamos a la escuela; este espectáculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos espirando en medio de las calles y en pleno día; los lamentos de las mujeres y de los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras, y que eran recogidos dos veces al día por los carros de las parroquias; aquel gemir prolongado, universal y lastimero de la suprema agonía de tantos desdichados, inspiraba a los escasos transeúntes, hambrientos igualmente, un terror invencible y daba a sus facciones el propio aspecto cadavérico. 
La misma atmósfera, impregnada de gases mefíticos, parecía extender un manto fúnebre sobre toda la población, a cuyo recuerdo solo, siento helarse mi imaginación y embotarse la pluma en mi mano. Bastarame decir, como un simple recuerdo, que en el corto trayecto de unos trescientos pasos que mediaban entre mi casa y la escuela de primeras letras, conté un día hasta siete personas entre cadáveres y moribundos, y que me volví llorando a mi casa a arrojarme en los brazos de mi angustiada madre, que no me permitió en algunos meses volver a la escuela.
Los esfuerzos, que supongo, de las autoridades municipales, de las juntas de caridad, de las diputaciones de los barrios (creadas por el inmortal Carlos III) y de los hombres benéficos, en fin, que aún podían disponer de una peseta para atender a las necesidades ajenas, todo era insuficiente para hacer frente a aquella tremenda y prolongada calamidad. 
Mi padre, que como todos los vecinos de alguna significación, pertenecía a la diputación de su barrio (el Carmen Calzado), recorría diariamente, casa por casa, las más infelices moradas, y en vista del número y condiciones de la familia, aplicaba económicamente las limosnas que la caridad pública había depositado en sus manos, y raro era el día en que no regresaba derramando lágrimas y angustiado el corazón con los espectáculos horribles que había presenciado. Día hubo, por ejemplo, que habiendo tomado nota en una buhardilla de los individuos que componían la familia hasta el número de ocho, cuando volvió al siguiente día para aplicarles las limosnas correspondientes, halló que uno solo había sobrevivido a los efectos del hambre en la noche anterior. 
Los mismos soldados franceses, que también debían participar relativamente de la escasez general, mostrábanse sentidos y terrorizados, y se apresuraban a contribuir con sus limosnas al socorro de los hambrientos moribundos; limosnas que, en algunas ocasiones solían estos rechazar, no sé si heroica o temerariamente, por venir de mano de sus enemigos; y en esta actitud es como nos los representa el famoso cuadro de Aparicio, titulado El Hambre de Madrid, al cual seguramente podrán hacerse objeciones muy fundadas bajo el aspecto artístico, pero que en cuanto al pensamiento general ofrece un gran carácter de verdad histórica, como así debió reconocerlo el pueblo de Madrid, que acudió a la exposición de este cuadro, verificada en el patio de la Academia de San Fernando el año de 1815. 
El mismo rey José, que a su vuelta de París, adonde había ido a felicitar al Emperador por el nacimiento de su hijo el Rey de Roma, o más bien, para impetrar algún auxilio pecuniario, que le fue concedido, y se halló con esta angustiosa situación del pueblo de Madrid, desde el primer momento acudió con subvenciones o limosnas, dispensadas a la Municipalidad, a los curas párrocos y a las diputaciones de los barrios. Quiso además reunir en su presencia a estas tres clases, y las convocó con este objeto en el Palacio Real. Allí acudió mi padre, como todos los demás, y a su regreso a casa no podía menos de manifestar la sorpresa que le había causado la presencia del Rey, que, según él mismo decía con sincera extrañeza, ni era tuerto, ni parecía borracho, ni dominado tampoco por el orgullo de su posición; antes bien, en la sentida arenga que les dirigió en su lenguaje chapurrado (y que mi padre remedaba con suma gracia) se manifestó profundamente afligido por la miseria del pueblo, haciéndoles saber su decisión de contribuir a aliviarla hasta donde fuera posible, rogándoles encarecidamente se sirvieran ayudarle a realizar sus propósitos y sus disposiciones benéficas, para lo cual había destinado una crecida suma, que se repartió a prorrata entre las clases congregadas. Seguramente (decía mi padre) este hombre es bueno: ¡lástima que se llame Bonaparte! 
Pero ni todos estos socorros ni todas aquellas benéficas disposiciones eran más que ligeros sorbos de agua dirigidos al incendio voraz, y este siguió su curso siempre ascendente hasta bien entrada la segunda mitad de 1812 (año fatal, que en la historia matritense es sinónimo de aquella horrible calamidad), y arrastró al sepulcro, según los cálculos más aproximados, más de 20.000 de sus habitantes. Hasta que por fin llegó un día feliz (el 12 de Agosto), en que cambió por completo la situación de Madrid con la evacuación por los franceses y la entrada en la capital del ejército aliado anglohispano-portugués, a consecuencia de la famosa batalla de los Arapiles. Pero este acontecimiento y sus resultados inmediatos no caben ya en los límites del presente capítulo, y ofrecerán materia sobrada para el siguiente. 
Baste sólo, para concluir este, decir que en tan solemne día, galvanizado el cadáver del pueblo de Madrid con presencia de sus libertadores, facilitadas algún tanto las comunicaciones y abastecimientos, y tomadas por la nueva Municipalidad las disposiciones instantáneas convenientes, empezó a bajar el precio del pan; y que en medio de las aclamaciones con que el pueblo saludaba a los ejércitos españoles, a los ingleses, a lord Wellingthon, a los Empecinados y al rey Fernando VII, se escapaba de alguna garganta angustiada, de algún labio mortecino, el más regocijado e instintivo grito de: ¡Viva el pan a peseta!

Muerta de hambre - Francisco de Goya
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domingo, 9 de diciembre de 2012

CUARTELES DE PAZ PARA LA DIVISIÓN MALLORQUINA

Carta donde Santiago Whittingham solicita cuarteles de paz para su división, conocida como Mallorquina. La guerra está prácticamente terminada y quiere mantener el grueso de su unidad unida:



La División en los días anteriores ha tenido la misión de escoltar a Fernando VII hasta Madrid, llegando a desobedecer al Consejo de Regencia:

Whittingham se adelanta con toda la División para recibir en Zaragoza al Rey y al Infanta. Llegado el Rey y por disposición suya desfiló toda la División ante el palacio donde el Rey residía.
- 9 de abril de 1814: La División maniobra al galope en el campo de San Gregorio ante el Rey, quedando éste tan complacido de la actuación de la unidad que lo manifestó así a Wittingham y a la oficialidad "dando de su bolsillo dos días de haver á la tropa".
Después los escuadrones salieron a aportarse para cubrir el camino que el Rey debía seguir hasta Valencia .
-11 de abril de 1814: Sale el Rey para Daroca a las 5 de la mañna formando en la plaza la caballería y la artillería, acompañado del general Whittingham que iba con S.M. en el coche.
-12 de abril: Sigue el Rey hacia Villafranca.
-13 de abril: Siguel el Rey hacia Teruel.
-14 de abril: Sigue el Rey hacia Sarrión.
-15 de abril: Pasa el Rey a Segorbe y en Borracas se presentó el general D. Xavier Elío, Jefe del 2º Ejército.
-16 de abril: El Rey y Whittingham llegan a Valencia.
-18 de abril: Whittingham sale en dirección a Zaragoza.
-22 de abril: Whittingham llega a Zaragoza.
-23 de abril: Whittingham recibe orden del Rey a través de Elío, para que salga con toda la fuerza disposible hacia Guadalajara donde debía esperar órdenes de S.M.
-25 de abril: Whittingham sale de Zaragoza con 15 escuadrones de caballería y 1 de artillería, pues las fuerzas que habían sido apostadas en la ruta que siguió el Rey hacia Valencia fueron incorporadas sobre la marcha.
-30 de abril: Whittingham recibe un "Extraordinario" de Madrid inquiriéndole con qué ordenes había entrado en la provincia de Guadalajara. La orden fue recbida en Algora a 11 kilómetros de Sigüenza y procedía del general Villacampa. Whittingham contestó que actuaba por orden del Rey y que continuaría hasta la capital, es decir, Guadalajara.
- 1 de mayo: Whittingham y la División llegan a Guadalajara.
-4 de mayo: Whittingham recibe la orden del Ministerio de la Guerra disponiendo que continuase en Guadalajara "hasta saber la voluntad del Rey"
-10 de mayo: Whittingham con la caballería y la artillería sale para Alcalá.
-11 de mayo: El Jefe de Estado Mayor de la División sale hacia Aranjuez para recibir instrucciones del Rey que aquel mismo día había llegado al Real Sitio.
-12 de mayo: La División se traslada a Vallecas y a Vicálvaro.
-13 de mayo: El Rey entra en Madrid y la División cubre la carrera "desde la parte interior de la Puerta de Atocha todo el Prado arriva y después por la calle de Alcalá hasta la Puerta del Sol. La artillería se estableció en la Civeles é hizo salva á S.M., después desfiló en columna por delante del Palacio Real y volvio á la noche á sus cuarteles de Vicalvaro y Ballecas"
-16 de mayo: La División se estableció en diversos pueblos cercanos a Madrid con el fin de proveerse de forrajes para los caballos, al tiempo que el Cuartel General se ubicaba en Carabanchel y luego en Madrid.
-9 de junio: Whittingham marcha a Alcalá con el fin de disponer los cuarteles para la División incrementada con la llegada del Escuadrón de Húsares de Fernando VII; entre los planes inmediatos había el del Rey que deseaba verla maniobrar de nuevo.
-11 de junio: En el campo de Albornoz tiene lugar el primer ejercicio de la División en el que actuaron 16 escuadrones de caballería y uno de artillería,
-14 de junio: Whittingham recibe la orden de actuar ante el Rey en el Campo de los Carabancheles dos días después.
-16 de junio: A las cinco de la tarde el Rey y los Infantes presenciaron la maniobra de la División en los Carabancheles. Actuó dividida en dos brigadas al mando respectivo de los brigadieres D. Manuel Sisternes y D. Francisco Serrano, los dos a las órdenes directas del General Whittingham que en aquellos días recibió el ascenso a teniente geral.
-17 de junio: Vuelta de la División a Vallecas y Vicálvaro para su distribución en diversos pueblos, hasta el día en que fue destinada a Aragón.

Fuente:
Historia de la División Mallorquina, diario de un testigo
Miguel Ferrer Florez
Asociación Amigos del Catillo de San Carlos

En el siguiente documento se puede saber más sobre la formación de la División Mallorquina y su participación en la batalla de Castalla:







Informe sobre la formación de la División Mallorquina

Archivo Histórico Nacional,DIVERSOS-COLECCIONES,108,N.33

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