Interesante extracto de las memorias de un soldado polaco sobre los días posteriores a la batalla de Talavera de la Reina:
Cuando los ingleses comenzaron a acercarse a Talavera, el V Cuerpo salió de Valladolid por Salamanca, se situó no lejos de Talavera y acampó en la villa de Oropesa. El IV Cuerpo llegó desde Oviedo a Salamanca. Si los ingleses ganaban la batalla de Talavera, el IV y el V Cuerpo debían caer sobre su retaguardia. Pero, como después de la batalla los ingleses se retiraron detrás del río Tajo, el V Cuerpo salió de Oropesa y se situó no lejos del río, junto a un pueblo donde había un campamento español de cinco mil hombres.
Los españoles habían tomado el puente sobre el río, habían levantado baterías y las habían guarnecido con algunos cañones apuntados al puente, impidiendo que nuestras tropas se acercasen. A mediodía, cuando los españoles estaban comiendo en el campamento, la caballería francesa, al mando del general Dembowski, cruzó inesperadamente el río con el agua hasta el vientre de los caballos, a un cuarto de milla detrás de una montaña, y cayó al galope sobre el campamento. Capturó casi a la mitad como prisioneros, tomó todos los cañones y liberó a nuestros prisioneros, todos polacos, que habían sido capturados en las montañas. El I Cuerpo y las tropas de reserva, bajo el mando del mariscal Soult, dieron la batalla de Talavera y después volvieron a Madrid.
El V Cuerpo se instaló en Talavera, donde no había ni un solo habitante en la ciudad ni ningún almacén. Los propios franceses tuvieron que segar trigo en el campo, trillarlo, molerlo y cocer el pan. Muchos soldados se intoxicaron con higos, sandías y otros frutos verdes. A esto se añadía un aire malsano: los cadáveres estaban sin enterrar en el campo de batalla. Nuestro cuerpo tuvo que hacer bajar gente de las montañas para sepultar a los muertos. Las horribles emanaciones de los cadáveres corrompieron el aire; el hedor llegaba hasta nuestras calles. De ahí se multiplicaron las disenterías sangrientas, y por ellas moría gran cantidad de militares.
También me llegó el turno: contraje disentería sangrienta y no había esperanza de vida, pues ochenta oficiales de nuestro cuerpo habían muerto de la misma enfermedad. El mariscal Mortier ordenó a su médico, Macary, que viniera a verme dos veces al día. Era difícil encontrar medicinas, porque los ingleses y los españoles se habían llevado todo de las boticas. El mariscal Mortier envió su furgón a Madrid a por provisiones para su cocina y también a la botica a por medicinas. Recomendó a Macary que me diera de comer cuanto pudiera de su cocina. Me envió seis botellas de vino de Burdeos, en el que Macary me daba las píldoras.
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