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domingo, 18 de septiembre de 2011

EL EXPOLIO DEL MARISCAL SOULT

El general francés Thiebault escribía sobre Soult en sus memorias: Las rapiñas de Soult son de sobra conocidas por mí, por el expolio de las ricas abadías de Austria durante la campaña de Austerlitz, por el reparto de beneficios que hacía mensualmente con el Sr. ... a cargo de los servicios del ejército de Nápoles, que entonces mandaba el mariscal; por los millones robados en Andalucía y por los 25 millones que, según la declaración hecha en 1815 por el duque de Wellington y el conde de Valence, el mariscal tenía en un banco de Inglaterra y por la masiva cantidad de cuadros que se llevó de Sevilla y que tuvo la falta de pudor de colgar en los muros de su residencia de París y del castillo que acababa de construir en Languedoc.
Mémoires du général Bon Thiébault.
Pub. sous les auspices de Claire Thiébault, d'après le manuscrit original, Volumen 4

Si visitamos el museo del Louvre podemos ver en las salas de pintura española algunos de los cuadros obtenidos gracias a la rapiña del mariscal















 
En este artículo publicado en el diario ABC de fecha 29 de noviembre de 2011,se detalla el afán de Soult por reunir cuadros españoles, y sobre todo por los pintados por Murillo:
 
MANUEL MORENO ALONSO
ABC 29/11/2009
 
Una vez que José Bonaparte dejó Sevilla en la primavera de 1810, sus planes de convertir el Alcázar en un Museo se evaporaron. No era de este parecer el mariscal Soult, uno de los soldados más distinguidos de Napoleón, que, tras la salida del Rey de Sevilla, actuó como un verdadero virrey en Andalucía.
Sus ideas sobre el proyectado museo eran muy diferentes de las del Rey: él quería el museo para él. En sus campañas anteriores, antes de llegar a Sevilla, Soult se había apropiado de cuanto pudo en Austria, Italia y Alemania para enriquecer sus colecciones en el castillo de Soultberg.
Obsesionado con incrementarlas, dio rienda suelta a su pasión por el arte para acumular allí y en otros lugares el fruto de sus rapiñas. Conocida es la rivalidad de Soult con José Bonaparte, quese acrecentó considerablemente desde su llegada a Sevilla, cuando el rey se alojó en el Alcázar y el mariscal en el cercano Palacio Arzobispal.
En cuanto a Soult, su exigente gusto por el arte lo mismo que su refinamiento por la ostentación y la buena mesa tuvo ocasión de verse pronto en Sevilla. Pues su tren de vida durante su estancia en la capital del Guadalquivir fue espectacular. Todos los domingos aparecía suntuosamente en la vecina catedral o en las recepciones que daba en su residencia. Sabía ser el centro de la propia representación para impresionar a propios y extraños.
El mariscal organizó su propio «museo» en su residencia en el Palacio Arzobispal el tiempo que estuvo en Sevilla. Allí, probablemente, reunió los cerca de dos centenares de obras escogidas que le hubiera gustado llevarse al dejar la ciudad en 1812. Los mejores cuadros de Murillo y de los grandes maestros sevillanos pasaron directamente a decorar su residencia.
La comparación entre el inventario de 1810 y los inventarios posteriores, indica de una forma aproximada los cuadros sustraídos: un total de 173 cuadros. De donde puede decirse que los ocupantes se llevaron 32 de Murillo, 28 de Zurbarán, 25 de Alonso Cano, 8 de Valdés Leal, 5 de Herrera el Viejo, 3 Rubens, y 2 de Roelas entre los más sobresalientes.
Pero no todos pudo llevárselos, como hubiera querido el mariscal. Hay confirmación de que buena parte de estos fueron enviados a Madrid para el museo napoleónico que el propio rey quería abrir en la capital. Precisamente hecha la selección, el marqués de Almenara dio cuenta al rey de la llegada de tres cajones de pinturas, colocadas en cilindros, «procedentes de los Reales Alcázares y destinadas al Museo Nacional». Eran veintisiete en total, y entre ellos había siete de Murillo, dos de Herrera el Viejo y otras cuatro de Alonso Cano.
El mariscal contó con la colaboración de un español, el coronel del Estado Mayor de Soult Alejando María Aguado, el potentado sevillano, con el tiempo afortunado banquero parisino, que años después vendió una de las mejores colecciones de pintura española.
Durante la estancia en Sevilla Soult acumuló cuadros suficientes como para realizar hasta diez envíos a su esposa que, «sorprendida, no daba crédito a sus ojos». Continuamente llegaban a su domicilio furgones de objetos preciosos. De esta forma no le fue difícil al mariscal llenar sus palacios en París, Soultberg y la mansión de Villeneuve. Con la petulancia que cabe imaginar en él, se permitió regalar obras incluso al Museo del Louvre, dejando bien claro el interés que tenía por el engrandecimiento del Museo Imperial.
En una de sus cartas a su mujer, cuando ya había dejado Andalucía, le hablaba de la importancia que concedía a aquel nuevo envío, constituido por obras de «los primeros maestros de la escuela española, en los cuales había gastado mucho dinero, y que destino al Museo Imperial». Entre sus rapiñas el mariscal se llevó hasta unos supuestos cabellos del Cid, robados de su tumba en Burgos.
Se ignora a ciencia cierta el número de cuadros sustraídos por Soult. Se sabe, en cambio, que 109 de los 115 lienzos de la colección guardada en París, vendidos luego en sucesivas subastas públicas, pertenecían a la escuela española. Algunas de sus ventas en vida fueron fabulosas. En el mismo año 1810 vendió al Louvre su Cocina de los ángeles por 85.000 francos.
Por cuatro cuadros de la Caridad -Milagros de panes y peces, Moisés en la Peña, Curación del Paralítico, y Regreso del Hijo Pródigo- un coleccionista inglés le ofreció 400.000 francos que no aceptó. Por entonces el Mariscal estaba en trato, para vendérselos, con el rey Luis Felipe. Casi 200 obras sacadas de España por el Mariscal se expusieron en París en su residencia de la Rue de l'Université.
Su fortuna llegó a ser cuantiosa. A su salida de España se decía que tenía depositados en el Banco de Inglaterra 25 millones de francos.
En las caricaturas políticas del Mariscal hechas a lo largo de su vida a menudo se le presentó rodeado de cuadros y objetos de arte. En una caricatura de 1834, «Les honneurs du Pantheón», se le ve ahorcado junto a otros dignatarios, con el cuello dentro de un cuadro donde aparece el nombre de Murillo.
 
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