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sábado, 29 de enero de 2011

LA BATALLA DE LOS ARAPILES - 22 DE JULIO 1812

Cabrerizos (cerca de Salamanca, 21 de julio)
Lord Wellington al conde de Bathurst

… El 19 por la tarde, el enemigo retiró todas las tropas de la derecha, y las hizo marchar a su izquierda por Tarazona, al parecer, con intención de rodear nuestra derecha. Yo atravesé el Guareña superior por Vallesa y el Olmo con todo el ejército aliado, durante aquella tarde y noche, haciendo todas las preparaciones necesarias para la acción que se esperaba en las llanuras de Vallesa, el 20 por la mañana. Más, poco después del amanecer, el enemigo hizo otro movimiento en varias columnas, a su izquierda, en la dirección de los altos del Guareña, atravesándolo más abajo de Cantalapiedra, y se acampó anoche en Babilafuente y Villamela. El ejército aliado hizo otro movimiento a su derecha, por Cantalpino, y acampó anoche en Cabeza Vellosa teniendo a la 6ª división y a la brigada de caballería del mayor general Alson sobre el Tormes, en Aldealengua. Durante estos movimientos ha habido algunos cañoneos de cuando en cuando, pero sin pérdida por nuestra parte. Esta mañana he movido la izquierda del ejército al Tormes, donde todo él está concentrado. Noto que el enemigo se ha movido hacia el mismo río, cerca de Huerta. El objeto del enemigo ha sido, hasta ahora, cortar mi comunicación con Salamanca y Ciudad Rodrigo.


Flores de Ávila, 24 de julio
Lord Wellington al conde de Bathurst

Mi edecán lord Clinton presentará a V. S. esta relación de una victoria que las tropas aliadas de mi mando ganaron en una acción general cerca de Salamanca la tarde del 22 del corriente, que no he podido remitir antes de ahora por haber estado empleado desde el fin de la batalla, en perseguir a las tropas fugitivas del enemigo. En mi carta del 21 informé a V.S. que ambos ejércitos estaban cerca del Tormes. El enemigo pasó dicho río con la mayor parte de sus tropas, por la tarde, por los vados de entre Alba de Tormes y Huerta, y se movió a su izquierda hacia los caminos que van a Ciudad Rodrigo.
El ejército aliado, a excepción de la 3ª división y la caballería del general D’Urban, pasó también el Tormes, por la tarde, por el puente de Salamanca y los vados vecinos, y coloqué las tropas en tal posición que la derecha se apoyaba en uno de los dos altos llamados Los Arapiles, y la izquierda sobre el Tormes mas abajo del Vado de Santa Marta. La 3ª división y la caballería del brigadier general D’Urban se quedaron en Cabrerizos, sobre la derecha del Tormes, a causa de que el enemigo tenía aún un cuerpo considerable sobre los altos, pasado Babilafuente, sobre la misma orilla; y no me pareció improbable que al ver a nuestro ejército, por la mañana, dispuesto a recibirlos, mudasen de plan, y maniobrasen sobre la otra orilla. Durante la noche del 21 recibí noticia, cuya verdad me era indudable, de que el general Chauvel había llegado a Pollos el día 20, con la caballería y artillería de a caballo del ejército del Norte, para unirse con el mariscal Marmont; y estaba seguro de que estas tropas se le unirían el día 22 ó a mas tardar el 23. El 21 en la noche el enemigo había tomado posesión del pueblo de Calvarrasa de Arriba y de la altura llamada Nuestra Señora de la Peña que está junto a la población. Nuestra caballería ocupaba Calvarrasa de abajo, y poco después del amanecer ambos ejércitos trataron de apoderarse de uno de los Arapiles que estaba más distante de nuestra derecha.
Lógrelo el enemigo, a causa de que su destacamento era más numeroso, y había estado oculto entre los árboles, más cerca del alto que el nuestro. Con esta ventaja hicieron su posición considerablemente más fuerte, y aumentaron sus medios de molestar la nuestra. Por la mañana, las tropas ligeras de la 7ª división y la 4ª de cazadores perteneciente a la brigada del genera Pack, se empeñaron con el enemigo en el alto llamado Nuestra Señora de la Peña, sobre el cual se mantuvieron contra él todo el día. Pero el hallarse el enemigo en posesión del más distante de los dos Arapiles, me obligó a extender la derecha del ejército a los altos que están detrás del pueblo de Arapiles y ocupar dicho pueblo con infantería ligera. Coloqué, pues, allí la 4ª división, al mando del honorable teniente general Cole; y aunque, a causa de la variedad de los movimientos del enemigo, era difícil formar un juicio probable de sus intenciones, me pareció en conjunto que tenían puestas sus miras sobre la izquierda del Tormes; por tanto mandé al honorable mayor general Pakenham, que mandaba la 3ª división por enfermedad del teniente general Picton, que atravesase el Tormes con las tropas de su mando, incluso con la caballería del brigadier general D’Urban, y que se situase detrás de Aldeatejada; habiendo al mismo tiempo movido a las cercanías de las Torres la brigada de infantería portuguesa del general Bradford, y a la infantería de don Carlos España, entre la 3ª y 4ª división. Después de una multitud de evoluciones y movimientos, a eso de las dos de la tarde, parece que el enemigo determinó finalmente su plan, y protegido de un muy violento fuego de cañón, que nos hizo muy poco daño, extendió su izquierda y adelantó sus tropas al parecer con intención de atacar, por la posición de las suyas y su fuego, nuestro puesto en el alto de los Arapiles que ocupábamos, y desde allí atacar y romper nuestra línea, y en todo caso hacer muy difícil cualquier movimiento nuestro a la derecha. Pero la extensión de su línea a su izquierda y su movimiento al frente de nuestra derecha, no obstante que sus tropas ocupaban aún terreno muy fuerte y que su posición estaba bien defendida por la artillería, me presentó ocasión de atacarlo, cosa que hacía tiempo deseaba con ansia. Reforcé, pues, nuestra derecha con la 5ª división, bajo el teniente general Leith, colocándola detrás del pueblo de Arapiles, a la derecha de la 4ª división con la 6ª y 7ª de reserva; y al momento que éstas tropas tomaron sus puestos, mandé al honorable mayor general Pakenham que se adelantase con la 3ª división y la caballería del general D’Urban, junto con dos escuadrones del 14º de dragones ligeros, bajo el teniente coronel Hervey, en cuatro columnas, para rodear la izquierda del enemigo sobre los altos. Entretanto la brigada del brigadier general Bradford, la 5ª división bajo el teniente general Leith, la 4ª división bajo el honorable teniente general Cole, y la caballería bajo el teniente general sir Stapleton Cotton, los atacaban por el frente sostenidos en reserva por la 6ª división bajo el mayor general Clinton; y la 7ª división bajo el mayor general Hope, con la división española de don Carlos de España, y la del brigadier general Pack, sostenían la 4ª división atacando el Arapil que ocupaba el enemigo. La división 1ª y las ligeras ocupaban el campo a la izquierda, y estaban de reserva. El ataque sobre la izquierda del enemigo se ejecutó del modo antes descrito y se logró completamente. El mayor general honorable Edward Pakenham formó la 3ª división a través del flanco del enemigo, y arrolló cuanto encontró por delante. Estas tropas fueron sostenidas del modo más valiente por la caballería portuguesa al mando del brigadier general D’Urban, y los escuadrones del 14º del coronel Hervey, quien logró rechazar todas las tentativas que el enemigo hizo sobre el flanco de la 3ª división. La brigada del general Bradford, las divisiones 4ª y 5ª, junto la caballería al mando del teniente general sir Stapleton Cotton, atacaron al enemigo por el frente y desalojaron sus tropas de un alto a otro, adelantando su derecha de modo que adquirían más y más fuerza contra el flanco del enemigo, a proporción de lo que se adelantaban. El brigadier general Pack hizo un ataque muy valiente contra el Arapil, pero no logró mas que ocupar la atención del cuerpo enemigo que estaba en él, de modo que no incomodasen el avance de las tropas al mando del teniente general Cole. La caballería, bajo el teniente general sir Stapleton Cotton, hizo un valiente y feliz ataque contra un cuerpo de infantería del enemigo, al cual arrolló é hizo pedazos. En este ataque el mayor general Le Marchant fue muerto al frente de su brigada, y en él tengo que lamentar la pérdida de un habilísimo oficial. Después que ya habíamos tomado la cumbre de la colina, una división enemiga hizo pie firme contra la 4ª división que al cabo de un reñido combate se vio obligada a ceder a causa de que el enemigo había movido algunas tropas a la izquierda de la 4ª división, cuando vio que el ataque del general Pack contra el Arapil había fallado, y de que el honorable teniente general Cole había sido herido. El mariscal sir William Beresford, que acertó a estar en aquel punto, dio orden de que la brigada del brigadier Spry, perteneciente a la quinta división que estaba en la segunda línea, mudase de frente y dirigiese su fuego contra el flanco de la división enemiga, y siento añadir que estando empleado en este servicio recibió una herida que me privará del beneficio de sus consejos y ayuda por algún tiempo. Casi al mismo tiempo el teniente general Leith recibió una herida que, por desgracia, le obligó a dejar el campo. Yo mandé adelantar la 6ª división al mando del mayor general Clinton para relevar a la 4ª y la batalla se vio pronto restablecida a sus primeras ventajas. Con todo, reforzada la derecha del enemigo por las tropas que habían huido de su izquierda, y por las que, a este tiempo se habían retirado de los Arapiles, aun presentaba resistencia. Mandé, pues, a las divisiones 1ª y ligera, a la brigada portuguesa del coronel Stubbs perteneciente a la 4ª división que había vuelto a formarse, y a la brigada del mayor general William Anson también de la 4ª división, que se dirigiesen a la derecha; en tanto que la 6ª división sostenida por la 3ª y la 5ª atacaban al frente. Ya había oscurecido cuando la 6ª división tomó este punto, y el enemigo huyó por el bosque hacia el Tormes perseguidos por las divisiones 1ª y ligera, la brigada del mayor general William Anson de la 4ª división, y algunos escuadrones de caballería al mando del teniente general sir Stapleton Cotton, entretanto que pudimos hallar algunos reunidos, dirigiendo nuestra marcha sobre Huerta y los vados del Tormes, por donde el enemigo había pasado al avanzar. Pero la oscuridad de la noche fue en extremo ventajosa al enemigo y muchos escaparon a favor de ella, que si no, estarían en poder nuestro. Siento decir que por esta misma causa el teniente general sir Stapleton Cotton fue, por desgracia, herido por uno de nuestros centinelas, después de que había hecho alto.
Seguimos persiguiéndolos al romper el día con las mismas tropas y las brigadas de caballería de los mayores generales Bock y Anson, que se reunieron durante la noche, y habiendo pasado el Tormes, alcanzamos la retaguardia de caballería e infantería del enemigo, cerca de la Serena. Inmediatamente fueron atacados por las dos brigadas de dragones, y la caballería huyó abandonando la infantería a su suerte. Jamás he presenciado ataque más gallardo que el que ejecutó contra la infantería enemiga la brigada de línea de la Legión Alemana del Rey, al mando del mayor general Bock. El éxito correspondió, y todo el cuerpo de infantería, compuesto de tres divisiones enemigas de la 1ª división, fue hecho prisionero. Continuase después el alcance hasta Peñaranda, anoche; y nuestras tropas siguen aun al enemigo en su fuga. Su cuartel general estuvo por pocas horas anoche en dicho pueblo, a diez leguas del campo de batalla, y a la presente han adelantado considerablemente hacia Valladolid por el camino de Arévalo. Unídseles ayer en su retirada la caballería e infantería del ejército del Norte, según esperábamos, ha llegado demasiado tarde para servirles de algo. Es imposible conjeturar la pérdida del enemigo en esta acción, pero según todas las noticias, es muy considerable. Les hemos tomado once piezas de artillería, varios carros de municiones, dos águilas, y seis banderas. Un general, tres coroneles, tres tenientes coroneles, 130 oficiales de grado inferior, y de seis a siete mil hombres, son prisioneros. Nuestros destacamentos están sin cesar enviándonos otros muchos. El número de muertos en el campo es muy grande.
Tengo noticia de que el mariscal Marmont está mal herido y ha perdido un brazo, y que cuatro generales han sido muertos y varios heridos. Tan grandes ventajas no podían lograrse sin pérdida considerable por nuestra parte, pero ésta no ha sido tan grande que haya podido poner en mala situación al ejército o entorpecer sus operaciones. Tengo mucho placer en informar a V. S. que en éste día verdaderamente de prueba, cuyos acontecimientos he relatado, tengo mil razones para estar satisfecho de la conducta de los oficiales, generales, y tropas. La relación que llevo escrita de dichos acontecimientos dará una idea general de la parte que cada individuo ha tenido en ellos, y no es posible que me exceda en alabanzas de la conducta de cada uno de ellos en su puesto.
Debo mucho al mariscal sir William Beresford por sus amistosos consejos y ayuda, tanto antes como durante la acción; igualmente a los teniente generales sir Stapleton Cotton, Leith y Cole, y a los mayores generales Clinton, y el honorable Edward Pakenham, por el modo en que condujeron las divisiones de caballería é infantería de su respectivo mando. Al mayor general Hulse que mandó una brigada de la 6ª división, al mayor general G. Anson que mandó una brigada de caballería, al coronel Hinde, al coronel Honorable William Ponsonby que mandó la brigada del mayor general Le Marchant desde que murió dicho oficial, al mayor general William Anson que mandó una brigada en la 4ª división; al mayor general Pringle que mandó una brigada en la 5ª división, y toda la división cuanto el Teniente General Leith fue herido. Al brigader general Bradford, al brigadier general Spry, al coronel Stubbs y brigader general Power del ejército portugués. Igualmente al teniente coronel Campbell del 94º que mandó una brigada en la 3ª división, al teniente coronel Williams del 60º de infantería, al teniente coronel Wallace del 88º que mandó una brigada en la 3ª división, al teniente coronel Ellis del 23º que mandó la brigada del general honorable Edward Pakenham en la 4ª división durante la ausencia de éste para mandar la 3ª división, el honorable teniente coronel Greville del regimiento 38º que mandó la brigada del mayor general Hay por ausencia de éste con licencia, al brigadier general Pack, al brigadier general conde de Rezendi del ejército Portugués, al teniente coronel conde de Ficalbo del mismo regimiento, al teniente coronel Bingham del regimiento 53º, también al brigadier general D’Urban, al teniente coronel Hervey del 14º de dragones y al teniente coronel honorable Frederic Ponsonby que mandó el 12 de dragones ligeros.
También debo hacer mención del teniente coronel Woodford que mandó el batallón ligero de la brigada de Guardias, que sostenida por dos compañías de fusileros al mando del capitán Crowder, mantuvo el pueblo de Arapiles contra todos los esfuerzos del enemigo, antes del ataque de nuestras tropas sobre su posición.
En un caso en que la conducta de todos ha sido superiormente buena, siento que los límites indispensables de éste despacho me impidan el llamar la atención de V.S. hacia un número más considerable de individuos, más, puedo asegurar a V.S. que no hubo oficial o cuerpo en esta acción, que no haya hecho su deber tal cual lo exigía su soberano y su patria.
La artillería real y alemana, al mando del teniente coronel Framingham, se distinguió por el acierto de su fuego en todos los puntos en que fue posible usarla, y avanzaron al ataque de la posición enemiga con igual gallardía que las demás tropas.
Estoy muy agradecido al teniente coronel De Lancy, diputado cuartel maestre general y jefe interino del departamento, por ausencia del cuartel maestre general, y a todos los oficiales de dicho departamento, y del estado mayor, por la asistencia que me han dado, especialmente el honorable teniente coronel Dundas y el teniente coronel Sturgeon, del estado mayor y el mayor Scovell del antedicho departamento, al teniente coronel Waters, jefe interino del departamento de ayudantía-general en el Cuartel General, y a los oficiales de dicho departamento, igualmente que a los del Cuartel General, y de todas las divisiones del ejército. Al teniente coronel lord Fitzroy Somerset y a los oficiales de mi estado mayor. Entre éstos últimos pido muy particularmente a V.S. que llame la atención de S.A.R. el Príncipe Regente a S.A.S. el Príncipe Heredero de Orange, cuya conducta en el campo de batalla y en todas ocasiones, lo hace acreedor a mis mayores elogios, y le ha ganado el respeto y estimación en todo el ejército.
Tengo muchas razones para estar satisfecho con la conducta del mariscal de campo don Carlos de España y del brigadier don Julián Sánchez, como de las tropas de sus respectivos mandos. También con la del mariscal de campo don Miguel Álava, y del brigadier don Joseph O’Lawiva, empleados en este ejército por el gobierno español de quienes, junto a los jefes y pueblos españoles en general, he recibido toda la asistencia que podía esperar.
Es muy justo llamar la atención de V.S. en la ocasión presente al mérito de los oficiales de los departamentos civiles del ejército. No obstante la crecida distancia de nuestras operaciones, de nuestros almacenes, y de que el país está enteramente exhausto, nada nos ha faltado hasta ahora, gracias a la actividad y diligencia del comisario general Mr. Bisset, y de los oficiales de su departamento.
También debo notar que por la habilidad y atención del Dr. Mc Gregor, y de los oficiales del departamento de su cargo, nuestros heridos, igualmente que los del enemigo que han quedado en sus manos, están muy bien cuidados, y espero que muchos de estos hombres apreciables quedaran hábiles para el servicio.
El capital lord Clinton tendrá el honor de poner a los pies de S.A.R. el Príncipe Regente las águilas y banderas que tomaron al enemigo en esta acción.


Del mariscal de campo D. Miguel de Álava a la Regencia:


La divina providencia se ha dignado coronar las armas aliadas con una completa victoria en los campos de Salamanca la tarde del 22 del corriente: 6000 prisioneros, 22 cañones, 3 águilas y 200 oficiales son hasta ahora el fruto de esta importante victoria. Seguimos el alcance, y no les damos un momento de reposo.
Marmont, Bonnet, Ferrey, Clausel y Thomiers van muy mal heridos, y todos los que han visto, hablado ó tratado con los oficiales franceses y afrancesados que los seguían, todos convienen en que su pérdida no baja de 18000 hombres. La suerte de Castilla está decidida. Todos han sido héroes, y he visto lo que anteriormente tengo dicho al Gobierno, que los soldados ingleses harían prodigios por favorecer a Salamanca.
La pérdida de los aliados no pasa de 2000 hombres, la mayor parte de heridos. Peñaranda 24 de julio de 1812 No hay tiempo para más. El cuartel general va esta noche a Flores de Ávila.


Del mariscal de campo D. Carlos España


Excmo. Sr.: Tengo la dicha de anunciar a V. E. que la providencia se ha dignado bendecir con una completa victoria el valor y los esfuerzos del ejército aliado en el día de hoy. El mariscal Marmont había concebido el proyecto de repasar el Duero, y cortar al ejército aliado antes de llegar al Tormes; pero viendo frustrado este plan por la marcha prudente, y las maniobras del Excmo. Sr. Duque de Ciudad-Rodrigo, tuvo la confianza de pasar a la izquierda del Tormes con su ejército por los vados de Huerta y Encinas, a legua y media de Salamanca, en la tarde del 21. El Excmo. Sr. Duque de Ciudad Rodrigo hizo igualmente pasar su ejército a la izquierda de este río. El enemigo aparentó al romper este día la intención de querer flanquear al ejército aliado, ventajosamente situado, la izquierda apoyada al Tormes, extendiéndose la línea por los altos, a la izquierda de los pueblos de Carbajosa y Latorre, y la derecha al frente del pueblo de Arapiles. El enemigo hizo atacar por una fuerte línea de tiradores los puestos avanzados del ejército aliado, de la izquierda y centro, para encubrir su verdadera intención de doblar la derecha, para cuyo movimiento le favorecía mucho el bosque que desde los expresados vados se extiende en dirección de Alba. El cañoneo fue muy vivo entre ambas posiciones desde el romper el día hasta las 4 de la tarde, que saliendo del bosque las columnas enemigas, se apoderó una de ellas de una altura a la derecha del pueblo de Arapiles, que podía servir de base a su intención decidida de flanquear la derecha del ejército aliado, pero el Excmo. Sr. Duque de Ciudad Rodrigo la hizo atacar al instante, y fue desalojada con el mayor denuedo por el honorable mayor general Packenam con la tercera división de su mando, yo tuve orden para sostener en segunda línea este ataque con la división de tropas nacionales de mi cargo, cuyo movimiento ejecuté en los términos de la orden. Arrojado el enemigo de este punto, fue al mismo tiempo cargado por la caballería del ejército aliado con el mayor suceso, a pesar de la dificultad del terreno. Al mismo tiempo el señor general en jefe mandó atacar todos los puntos de la línea enemiga. El fuego fue por una y otra parte de lo más vivo, pero al fin los enemigos a pesar de su ventajosa situación, tuvieron que ceder al valor del ejército aliado, y la noche sola favoreció su retirada y puso fin a esta sangrienta batalla. Aunque no es posible en una línea tan extendida dar relación exacta de los sucesos, creo poder asegurar con toda certidumbre a V. E. por lo que he visto, que la pérdida del enemigo no baja de 16000 hombres, que gradúo del modo siguiente: 4000 muertos, doble número de heridos, y 4000 prisioneros, cuya mayor parte he visto desfilar por delante de la división. Sé que se han tomado varias piezas de artillería y algunas águilas, pero no puedo fijar el número. He sabido por los oficiales prisioneros que se hallaban heridos varios generales, entre ellos el mariscal Marmont. La división de mi mando ha ejecutado durante la batalla varios movimientos; la primera sección, al mando del brigadier D. Ignacio Francisco Ceded, y la segunda al del coronel D. Felix O Nelly, y así como otras divisiones del ejército no han tenido sobre sí la parte activa de la acción, hallándose en los puestos que les estaban asignados de segunda línea ó reserva, lo mismo ha sucedido a la división española; pero es justo que haga una particular mención a V. E. de la buena voluntad que han manifestado los señores jefes, oficiales y tropa, y sus deseos de llegar a las manos con el enemigo, y la serenidad con que han quedado expuestos al fuego de la artillería que felizmente ha causado poco efecto entre nuestras filas durante los movimientos que ha tenido que ejecutar. Debo elogio particular a los señores comandantes de sección, al coronel D. Ventura Mena, jefe del estado mayor de la división, y a los ayudantes generales que me han asistido en esta ocasión como en todas aquellas en que ha habido la esperanza de combatir al enemigo. El mariscal de campo D. Fernando Butrino, comisionado en esta provincia por el Excmo. Sr. comandante general interino del quinto ejército, se ha hallado en la batalla. Nuestro Señor guarde a V. E. muchos años.
Campo de batalla, cerca del pueblo de Arapiles, a una legua de Salamanca, 22 de julio de 1812. Excmo. Sr. Carlos España. —Excmo. Sr. D. José María Carvajal.


Alba de Tormes 23 de julio
Don Carlos España al jefe del estado mayor del quinto ejército


En la mañana del 23, el ejército aliado en varias columnas contiguas se dirigió sobre Alba de Tormes, y la caballería pasó por los vados de Encina y Huerta para venir a tomar de revés las comunicaciones de Alba hacia Peñaranda, por donde el enemigo había emprendido su retirada en la noche del 22 al 23, después de haber perdido la batalla. Al entrar en Alba con la división de mi cargo, he sabido que el mariscal Marmont se halla herido de un casco de metralla en un brazo, de modo que ha sido preciso sacarlo en andas, conducido por 4 granaderos, y ha salido de esta villa hacia Peñaranda al romper este día. El general de división Ferey ha salido también mortalmente herido, y de menos consideración los generales de división Moenne y Claussel. Muchos oficiales de grado superior se hallan en situación igual y todo el ejército en bastante consternación. Acabo de saber que la caballería del ejército aliado ha alcanzado hace dos horas la retaguardia enemiga, y a pesar del cuadro que formó ésta, ha dado una carga brillante entre GarciaHernandez y Peñarandilla, resultando un gran número de prisioneros.
He tenido orden de dejar un batallón para hacerse cargo del gran número de prisioneros que han resultado de la batalla, y tendré el honor de informar a V. E. del resultado de las operaciones ulteriores.
 
Una vez terminada la lucha, el campo de batalla queda cubierto de heridos y cadáveres. Se estiman las bajas aliadas en 5.220, y las francesas en 12.435 hombres. El mariscal Marmont está gravemente herido en un brazo y el mando del ejército francés pasa al general Clausel. Éste determina retirarse hacia Valladolid e intenta mantener el orden del destrozado ejército de Portugal.
Mientras tanto, el rey José ha conseguido reunir un contingente de tropas para acudir en ayuda de Marmont. La nula comunicación entre los dos ejércitos franceses impide llegar al Rey a tiempo de evitar el descalabro, y por muy poco no cae en manos de las tropas de Wellington. El conde Miot de Melito, que acompaña al Rey, escribe en sus memorias:


El Rey salió de Madrid el 20 de julio a la cabeza de un cuerpo de 14.000 hombres, compuesto de excelentes tropas con una buena artillería. Lo acompañé, y fuimos a dormir el 22 al Escorial. Nosotros hemos tenido poco tiempo para examinar este famoso convento cuya descripción, por otra parte, se encuentra por todas partes. El 23 cruzamos la montaña de Guadarrama, y el 24 acampamos cerca del pueblo de Blasco-Sancho (a cuatro leguas de Peñaranda), uno de los puntos indicados al duque de Ragusa para efectuar nuestra unión con él. Nos asombramos, sin embargo, de no entrevistarnos con algún emisario enviado por él; pero como habíamos recogido en marcha la noticia de un combate que se decía haber tenido lugar, con ventaja de los franceses, a poca distancia del Duero, nosotros habíamos calculado naturalmente que el mariscal, de acuerdo con las instrucciones que había recibido, había pasado hacia la orilla izquierda de Duero; y contando con una próxima reunión, avanzábamos llenos de esperanza y confianza. Las órdenes ya se daban para marchar hacia delante, y se supo efectivamente que hacía el 18 de julio en Castrejon, un combate de la vanguardia, venció al cuerpo del general Cotton. Llegamos a Blasco-Sancho, cuando, hacia la noche, un campesino aportó la noticia que el ejército de Portugal, después de haber luchado con los ingleses cerca de Salamanca, se dirigía este día, 24 de julio, hacia Arévalo. Se envió inmediatamente un mensajero hacia esta población y se suspendió la salida al amanecer. El mensajero volvió a Blasco-Sancho el 25, a las ocho de la mañana, y no trajo más que incertidumbre. Vino con dos cartas, una del duque de Ragusa, otra del general Clausel, datadas en Arévalo el 24 de julio; y he aquí los detalles que contenía la primera: "El ejército de Portugal había pasado, el 18 de julio, el Duero por Tordesillas. La posición de los ingleses estaba sobre la orilla izquierda de este río, y la abandonaron con bastante precipitación. En los días 18,19 y 20, los dos ejércitos habían avanzado casi en paralelo, pero el ejército inglés se detuvo delante de Salamanca. El mariscal Marmont decidió pasar el Tormes y vino a pronunciarse sobre la orilla izquierda de este río, detrás de Salamanca. Los ingleses que, por este movimiento intrépido, veían su comunicación con Portugal enteramente cortada, no teniendo ya que elegir, se determinaron a pasar el Tormes sobre el puente de Salamanca, y a intentar la suerte de una acción que se ha convertido en necesaria para ellos. El combate tuvo lugar cerca de un pueblo nombrado Los Arapiles, el 22 de julio. El inicio había sido favorable a las armas francesas; pero el enemigo, que tiene una fuerza bastante considerable, a cuatro leguas de Peñaranda, sobre la carretera de Olmedo a Valladolid, hace un nuevo esfuerzo sobre nuestra ala izquierda, ésta había doblado y se perdió la batalla.
El mariscal Marmont ha resultado seriamente herido de un estallido de obús, nuestra pérdida se evalúa en 5.000 hombres. Después de la herida del mariscal, el general Clausel había tomado el mando del ejército. Tras este infeliz asunto, el ejército francés había vuelto a pasar precipitadamente el Tormes y se había retirado a Arévalo, para ganar por Olmedo la carretera de Valladolid.
La carta del general Clausel era la que afligía, más aún que la del duque de Ragusa. Era inútil tomar la ofensiva, incluso con la ayuda que el Rey traía, y que seguiría su retirada sin detenerse, para no perder la ventaja que tenía sobre los enemigos y ganar Valladolid antes que ellos. Por otro lado, ni el mariscal ni el general parecían tener conocimiento, antes de la batalla, del movimiento del Rey, y probablemente ni uno ni otro habrían pensado comunicarnos estos acontecimientos, si no hubiéramos enviado un mensajero a Arévalo. Se puede juzgar según esto qué peligro habíamos corrido ¡Si la casualidad no lo había puesto en la vía, habríamos ido el 25 por la mañana para Peñaranda dónde nosotros habríamos encontrado al ejército enemigo en vez de al ejército de Portugal! No había un momento que perder para alejarnos nosotros de una tan peligrosa vecindad. Dejamos al mediodía pues Blasco-Sancho, para ir a Lavajos, y ponernos en condiciones de volver a pasar lo más prontamente posible el puerto de Guadarrama. Durante el camino, nos perdimos en conjeturas sobre los motivos que habían podido determinar al duque de Ragusa hacer este movimiento imprevisto. Después de haber esperado sobre la orilla derecha del Duero, durante veinticinco días, la ayuda que había pedido al ejército del norte; después de haber escrito y haber repetido tantas veces que no se observaba con bastante fuerza para hacer frente al ejército inglés; después de haber debido enterarse de que el Rey le traía un refuerzo de 14.000 hombres ¿cómo había podido decidirse precipitadamente a volver a pasar el Duero? ¿cómo, sin haber hecho su unión, o con la ayuda que venía del norte, o con la que llegaba de Madrid, había reanudado la ofensiva contra un enemigo que se había pronunciado sobre la orilla izquierda del río, y no hacía ninguna demostración contra él? Sin poder admitir que ninguno de los numerosos dictámenes que el Rey le había hecho emitir no le había llegado, podía al menos ignorar que un refuerzo del ejército del norte se acercaba, y si prolongaba solamente cuatro o cinco días la inacción en la cual había permanecido durante cerca de un mes, recibía, de dos lados, a la vez, un aumento de fuerzas que le devolvía una superioridad sobre el enemigo para combatir. ¿Era pues el temor de perder la autoridad ante la presencia del Rey? ¿Era la ambición de no compartir con nadie el honor de una victoria, que ya lo había llevado a sacrificarlo todo? ¿Su vanidad personal? Es lo que no podíamos decidir, y sobre esto la verdad es aún hoy un misterio. Pero cualesquiera que sean los motivos interiores de la conducta del duque de Ragusa, sobre los cuales sería temerario pronunciar, su manera de actuar en esta circunstancia no podría, al juicio de los hombres del arte, que justificarse militarmente. Siempre fue observada por ellos como una gran falta, y finalmente, o falta, o descrédito de la fortuna. Pocas batallas perdidas han tenido consecuencias más desastrosas que la de Arapiles. Después de haber parado algunas horas para descansar a Lebajoz, nos volvimos a poner en marcha y nos proponíamos pasar la sierra de Guadarrama en la mañana del 27 de julio...

Texto extraído del libro 1812 Wellington en Valladolid publicado por la Diputación de Valladolid en 2009
 
Despacho del general Moscoso extraído del portal PARES:
 



El campo de batalla:
 

 Servicio Cartográfico del Ministerio de Defensa


































 
Aula de interpretación del campo de batalla:











Más entradas relacionadas con la batalla:
 http://1808-1814escenarios.blogspot.com/2010/08/las-heridas-sufridas-por-un-oficial.html

Información práctica: http://www.sitiohistoricolosarapiles.com/

domingo, 16 de enero de 2011

LA CARTILLA DE SERVICIO DE UN SOLDADO DE NAPOLEÓN

Cuando un recluta entraba en el servicio militar francés, se le entregaba una cartilla donde venían las normas a seguir, duración de los enseres que se le entrega, la cantidad de estos y sus campañas militares. Como curiosidad le debía durar el frágil shako 4 años y el pantalón uno.





sábado, 18 de diciembre de 2010

NAPOLEÓN EN TORDESILLAS - SU ENTREVISTA CON LA ABADESA DE SANTA CLARA


He de reconocer que siento una atracción especial por Napoleón; su personalidad, ascenso, genio militar y triste final abandonado en Santa Helena, no tiene parangón con ningún otro personaje de su época. Afortunadamente para nosotros (o desgraciadamente, según se mire) corto fue el tiempo que permaneció en España. De esa visita siempre me ha llamado la atención la anécdota de su entrevista con la abadesa del monasterio de Santa Clara, en la Navidad de 1808, en Tordesillas. 
 Toda la historia tiene lugar tras abandonar Napoleón Madrid, y atravesar Guadarrama, en persecución del ejército inglés del general Moore: http://1808-1814escenarios.blogspot.com/2009/09/el-paso-del-puerto-de-guadarrama-por-la.html
El Emperador llega el día 25 de diciembre de 1808 a la localidad vallisoletana de Tordesillas, hospedándose en las casas pertenecientes al monasterio de Santa Clara.


Los edificios que se ven fueron los que albergaron a Napoleón durante su estancia en Tordesillas

En el archivo del Real Patronato de Santa Clara, caja 5, expediente 10, tenemos la documentación sobre la estancia y alojamiento de Napoleón y tropas francesas en las casas del monasterio. En dicho expediente está la narración de la entrevista entre Napoleón Bonaparte y doña Manuela Rascón, abadesa del monasterio. El documento no tiene fecha, pero por el tipo de letra debe estar escrito en el primer cuarto del S. XIX:


Después del glorioso alzamiento del 2 de mayo de 1808 contra el Emperador Napoleón y sus ejércitos, que desde Madrid se extendió como un relámpago por toda la nación, se formaron juntas de armamento y defensa en todas las ciudades y villas, y en la que se instaló en Tordesillas fue nombrado por aclamación Presidente de ella el presbítero don Víctor González Martín, quien por sus virtudes gozaba del mayor ascendente sobre todos sus convecinos, y a pesar de la resistencia que opuso para aceptar tal cargo, no le fue posible dejar de admitirle al ver la insistencia de toda la población.
En el día 24 de diciembre del mismo año de 1808 el citado don Víctor González como tal residente dirigió un parte oficial al jefe de la vanguardia del ejército inglés que desde la Coruña venía por la carretera de Galicia a Castila la Vieja, avisándole que el ejército francés que había salido de Madrid se acercaba a pasar el Duero por el puente de esta villa de Tordesillas. Éste parte lo conducía un soldado español, el que se quedó dormido en una calle de la Mota del Marqués, y le hizo prisionero una grande avanzada de caballería francesa, que había pasado por esta villa de Tordesillas en la tarde del mismo día 24, y registrado que fue se le cogió el pliego del parte oficial citado.
Al anochecer del mismo 24 principió a entrar en esta villa el ejército francés, y al día siguiente 25 llegó el Emperador, y se alojó en la casa hospedería del Real Monasterio de Santa Clara que se halla en su patio exterior, en donde permaneció hasta que pasó la mayor parte de su grande ejército. También se alojaron dentro del monasterio y en las celdas de las religiosas los grandes mariscales del imperio, para lo cual fue preciso recoger a toda la comunidad y sus criadas en la iglesia interior y antecoro, poniendo una guardia para que nadie las incomodase.
Así que llegó el Emperador le entregaron el pliego cogido al soldado español y firmado por el don Víctor, y después de ser interrogado y reconvenido por Napoleón, mandó este que se le encerrase en la grada o locutorio del monasterio contiguo a la grada abadial, y que su puerta interior está en la parte del antecoro que ocupaban las religiosas, y en cuya grada se hallaban presos también el R.P. Guardián y un lego del convento de San Diego de esta Villa, como reos de estado por sus buenos oficios a favor de la causa nacional, y los que con el don Víctor fueron sentenciados a muerte.
En el día 27 por la mañana las criadas de la comunidad oyeron desde la puerta interior de la grada que en ella y por la parte de afuera hablaban algunas personas, y a el abrir con cuidado las criadas la puerta y averiguar quienes eran los que hablaban, los tres presos notaron el ruido y llamaron a las criadas que se acercaron a la reja, y las descubrieron su triste situación y que al día siguiente les iban a quitar la vida para lo que ya estaban dispuestos, pidiéndolas que les diesen algún alimento, y más que todo agua pues que ya hacía dos días que nada les daban, ni habían visto persona alguna más que a un gastador y hachero que estaba de centinela a la puerta de la grada que tenía cerrada, y el que les hizo saber la sentencia. Las criadas se lo participaron a las religiosas, las que llenas del mayor sentimiento pidieron a Dios con gran fervor que socorriese y amparase a los tres presos ¡Oh poder de la oración y grande misericordia de nuestro Dios y Señor! En aquel mismo día por la tarde dispuso el Emperador que la señora abadesa doña Maria Manuela Rascón, anciana de más de sesenta años, saliese de la clausura y acompañada de los mariscales del imperio fuese a visitarle en su habitación, en donde la esperaba vestido de grande uniforme con todas las insignias del imperio, y la dio asiento a su lado, permaneciendo de pie todo el acompañamiento de mariscales y dignatarios. A el Emperador y Abadesa se les sirvió el café, que por primera vez tomó dicha señora a instancia y dando principio el Emperador, quien la preguntó por la fundación del monasterio y su fundador, sus estatutos y regla, y al manifestarle que había sido el que la fundó el rey don Pedro el Justiciero, dijo el Emperador que este era uno de los reyes de España con quien mas simpatizaba. Mientras conversaba el Emperador con la Abadesa, ésta le registraba con la mayor inocencia y candidez las preciosas insignias que tenía puestas, lo que agradó mucho al Emperador, quien la entregó mil francos en oro para que diese en su nombre un refresco a las religiosas, encargándola que en lo sucesivo se titulase Abadesa Emperatriz y que desde luego le pidiese como tal la gracia que gustase. Sin detenerse le pidió que perdonase y mandase poner en libertad a los tres presos que se hallaban en la grada. Lo que la fue concedido inmediatamente. Despidiéronse y la señora Abadesa volvió al monasterio acompañada de los mismos mariscales. Sin la menor demora enteró de todo a las religiosas, quienes dieron gracias a Dios por el feliz resultado de la visita y en seguida procuraron de dar tan buena noticia a los tres presos, preparándoles para recibirla. Efectivamente así se verificó.
En la mañana del 28 todas las bandas de música que se hallaban en el patio del monasterio principiaron a tocar, anunciando la salida y marcha del Emperador; y en seguida el soldado gastador que estaba de guardia a la puerta de la grada, la abrió y mandó a los tres presos que saliesen de ella con toda libertad.
El emperador dejó en la casa hospedería un jefe del Estado Mayor para que cuidase del monasterio hasta que pasasen todas las tropas, mandando fijar en la puerta del arco a la entrada del patio del monasterio un edicto imponiendo la pena de muerte a cualquiera persona de todas clase, estado, condición y categoría que fuese, que perjudicase y molestase a las religiosas.

Con la información que hay en la misma caja podemos saber el gasto del monasterio durante la estancia de las tropas francesas:
Cincuenta carneros de primera calidad valorados en 3.500 reales, una res vacuna valorada en 800 reales y 17.396 reales en metálico.

Para conocer el motivo de la captura de don Víctor González y su compañeros de presidio tenemos las memorias de don Juan López de Fraga, coronel de caballería española con la orden del marqués de la Romana para que se dirija al Duero y ejerza de observador, informando de los movimientos enemigos. Durante el paso del ejército inglés de Moore por la provincia de Valladolid, a últimos de diciembre, él se encuentra en Tordesillas.
El ejemplar que he consultado está depositado en la Biblioteca de Santa Cruz, Valladolid:

… Sigue su marcha el ejército británico, y llega el señor Moore con su cuartel general a Castronuño, de donde destaca dos regimientos de caballería a Tordesillas: hacen una noche y se dirigen a Villalar. Pasan el Duero los aliados, y se ponen en dirección para Campos: en este tiempo llega un correo que venía de Francia a Madrid, dirigido a Buonaparte, y habiendo sido interceptado por don Juan Martín, el Empecinado, le remite a Tordesillas, y los conductores lo presentan a la Junta, quien me avisa, y de común acuerdo se remite al señor Moore por el regidor don Julián Marcado y el Administrador de Correos, que se ofrecieron a practicar esta diligencia: yo oficié al general aliado para que comunicarse su contenido al marqués de la Romana. El 19 de diciembre me avisa el recibidor Cabeza de Baca de que se aproximaban tropas en gran masa a Valladolid, y el corregidor de Ávila de que se observaba movimiento en las de Madrid. Repite el 22 ganando horas el parte de que Napoleón venía marchando rápidamente hacia Guadarrama. Doy aviso el 23 al general Moore y al marqués de estos movimientos; pero por desgracia, un soldado de Algarbe que conducía los pliegos se detiene en la Mota del Marqués, y el 24 a las tres de la tarde fue preso errando el caballo, e interceptados los pliegos por una avanzada de doscientos Husares. La conducta criminal de este soldado pudo causar considerable perjuicios, en atención a las circunstancias y premura del tiempo, de que iba bien instruido y provisto, por esta razón, de un excelente caballo; pero aun fue más bárbara y opuesta a la política militar la del oficial francés, comandante de la avanzada, en retener los pliegos hasta las doce de la noche, a cuya hora había entrado ya el mariscal Ney en Tordesillas con 1600 hombres. Recibe este los pliegos interceptados, y pregunta al Corregidor por los sujetos que los firman: se resiste; pero amenazado con la muerte declara que el Vicepresidente de la Junta don Víctor González y un capitán del ejército de la Romana. Al momento es preso don Víctor, y conducido a la presencia del Mariscal, quien le examina y hace cargos de la pena en que ha incurrido; pero contesta con serenidad y firmeza, “que no le espanta la muerte, antes se contempla feliz en morir por su patria, como sucedería a S.E. si se hallase en su lugar” Le pregunta por el capitán, y responde, que ignora si se halla en la villa: reconviene al Corregidor, es más débil, y declara que en el convento. Marcha al golpe un grueso destacamento y le cerca por la parte de la villa y fábrica, dejando al descubierto la que mira al Duero; otra brutalidad (sino fue disposición de la providencia) que me salvó la vida y a mis dependientes Pedro Angel y Manuel Medina. Yo me hallaba en la cocina con el Padre Guardián y algunos religiosos, cuando hizo señal la campana de la portería: asomase el portero, sin responder, y reconociendo que son granaderos baja con el aviso. Le encargo que no abra hasta estar seguro de nuestra salida, previniendo al guardián y religiosos que se mantuviesen quietos, pues el golpe iba dirigido a mí; pero el temor les arrastró en mi seguimiento: el donado Bruno González nos muestra y franquea una puerta sin uso, que facilitó nuestra salida. Avisado el portero abre, y entra un edecán de Ney, asociado de un español, el pérfido don Pablo Arribas, y dirigiéndose a la hospedería rompen la puerta, se apoderan de algún dinero y ropa interior que yo tenía allí, y no hallándome se llevaron cuatro religiosos, a quienes intimó el Mariscal serían fusilados. La protección divina se dejaba percibir de un modo visible en los sucesos de esta congojosa escena. Contiguo al convento por la parte accesoria se encuentra un estrecho o garganta, que se forma entre la margen del Duero y un vallado, que hace división del camino, y una huerta lindante, por donde emprendimos nuestra fuga; pero a pocos pasos nos acometen sable en mano algunos granaderos que robaban hortaliza, y nos obligan a retroceder a la villa. Nuestra ruina parecía inevitable, y en aquel momento de desconsuelo, exclamé: ¡somos perdidos! Pero observando que los granaderos se dirigían a robar la casa del hortelano, nos arrojamos en los brazos de la providencia y conseguimos escapara al abrigo del vallado que nos cubría…… En medio de tantas angustias y conflictos ninguna cosa hería con tanta vehemencia en mi exaltada imaginación, como la idea del peligro en que contemplaba a don Víctor y a los cuatro religiosos presos; pero aquella adorable Providencia que jamás desampara al inocente y virtuoso, arrancó estas preciosas víctimas, que la crueldad y la tiranía destinaban al sacrificio de las garras de la cruda muerte. Entra Napoleón en Tordesillas,y alojándose en la hospedería de Santa Clara, convida a la Abadesa a tomar café. Acepta esta señora, guiada por superior impulso, y habiendo captado la atención del tirano con su genio fecundo y atrayente, pide y obtiene el indulto y libertad de los presos. ¡Tanto influjo tiene la virtud en el corazón de un malvado!

Para conocer la versión francesa de este suceso tenemos a Constant, el fiel ayuda de cámara de Napoleón, que recordará años después en sus memorias la entrevista:

El emperador en Tordesillas estableció su Cuartel General en los edificios exteriores del convento de Santa Clara. La abadesa del convento fue presentada a su Majestad, ella tenía más de sesenta y cinco años y desde los diez no había abandonado el edificio del convento. Su conversación, ingeniosa y dulce, complació al emperador, quien le preguntó qué podía hacer por ella y le otorgó muchas gracias.

En las gacetas Napoleón mandó publicar el encuentro con la abadesa :

Cuando su Majestad estaba en Tordesillas, él instaló su cuartel general en los edificios externos del convento real de Santa Clara. En este convento la madre de Carlos V se había retirado, y en él ella murió, era apodada Juana la loca. El convento de Santa Clara fue construido sobre un palacio Moro, del cual aproximadamente dos baños y dos salas permanecen bien conservados. La abadesa fue presentada al Emperador, ella tiene 75 años, y hace 65 que ella no había salido de sus claustros. Ella estaba emocionada y conversó con el Emperador con mucha presencia de ánimo y obtuvo varios favores.

Meneval, su secretario, en sus memorias es el que mejor describe la entrevista:

Durante la corta campaña que dio el emperador en España en 1808, pasó dos días en Tordesillas, en un edificio dependiente por el Monasterio de Santa Clara, que estaba reservado para la habitación del obispo, cuando venía a visitar el convento.
Le dije erróneamente que la abadesa del convento era francesa. Esto es lo que me dijo el conde d'Hédouville, hermano del general, que era el oficial de la Orden del emperador en España, y sirvió como su intérprete.
El emperador, durante la cena, ordenó al oficial que le trajera a la superiora del convento. Esta monja, nacida en España, había entrado como religiosa a la edad de seis años. Ella al principio se negó a seguir el Sr. Hédouville, alegando que no se le permitía violar la clausura, y cruzar las puertas del claustro. Se le hizo la observación de que la orden de un soberano le servía como exención. Ella tomó a regañadientes el brazo de su conductor. Al llegar a la puerta, ella fue presa de un temblor que le impedía avanzar. El señor Hédouville la tuvo que sostener. Ella dijo que hacía más de sesenta años desde que entró al convento por aquella reja, y desde entonces no la había traspasado. Presentada al emperador, su primer impulso fue arrodillarse delante de él, por una señal del emperador fue levantada por el Sr. Hédouville. Lo que impresionó a la pobre y sencilla monja fue la placa y las condecoraciones del emperador, hacia las cuales no podía abstenerse de extender la mano que el Sr. Hédouville retenía, haciéndole ver la indiscreción de este movimiento de curiosidad. El emperador le hizo varias preguntas. Comenzó preguntando si ella era la abadesa del convento. Ella dijo que estaba allí en segundo lugar, y agregó: "Afortunadamente para mí! El Emperador quiso saber por qué, ella dijo que le gustaba más obedecer que mandar, que era más meritorio, y que su conciencia estaba más tranquila. El emperador no pudo evitar sonreír ante el ingenio de esta respuesta. Luego le preguntó si Juana la Loca, madre de Carlos V, murió en Tordesillas, y si estaba enterrada en el convento. Se quedó pensativa por un momento y finalmente respondió que había reinas y príncipes enterrados en la bóveda, pero no sabía sus nombres. Cuando le preguntaron si no tenía algún conocimiento de la historia española, dijo que solo conocía sus libros de liturgia y pasajes de la Biblia, y los que su confesor le permitía leer. El emperador, que le encontró los ojos vivaces a pesar de su edad, quería saber si había sido bonita. Ella dijo que ingenuamente lo pensaba, pero ella no había tenido nunca un espejo y que nadie se lo había dicho. La conversación se mantuvo por algún tiempo en ese tono, y las respuestas de la monja anunciaban el espíritu natural. El emperador, satisfecho con su inocencia e ingenuidad, dijo que quería otorgarla una gracia, y que ella podría pedir lo que quisiera. Antes de responder, la monja quería saber si iba a dar todo lo que pidiese, y la dijeron que el emperador no prometía en vano. Entonces ella solicitó la liberación del director del convento, que había sido apresado por unirse a las bandas rebeldes. El Emperador lo concedió, ya que él lo había prometido, y añadió que el monje debería evitar caer en el mismo error, porque ya no tendría el poder de volverle a perdonar. La monja le prometió que se ocuparía de que no volviera abandonar el convento, y que ella respondía por él. El emperador dijo entonces que había concedido un indulto a alguien que era un extraño a su familia, pero que para ella personalmente quería hacer algo. Como ella dudó en su respuesta, le preguntó si tenía parientes. Ella respondió que tenía un hermano en la orden ¿Acaso quiere que lo haga obispo? dijo el Emperador. Ella se arrodilló para darle las gracias por este inesperado ofrecimiento, pero la buena voluntad de Napoleón no podía ser cumplida, el monje estaba encerrado en Zaragoza. Antes que la priora se retirara dentro de su convento, el emperador la ofreció café. Ella no lo encontró bueno: nunca lo había probado, solo conocía el chocolate. La pobre monja, después de agradecer al emperador de nuevo las gracias que había recibido, y haber besado la mano, fue retornada por el Sr. Hédouville a su claustro, conmovida y agradecida.
Antes de que el emperador abandonara Tordesillas, el Sr. Hédouville vino a pedirme que le diera un centenar de napoleones para llevarlos a la superiora del convento. Fue a su llegada el tema de la curiosidad y la amabilidad de las hermanas, a las que la monja había narrado su entrevista. Todas ellas acudieron a verle, le tocaron la mano y le examinaron con la curiosidad de los isleños que han visto a los europeos por primera vez. Cuando el Sr. Hédouville entregó a la priora los cien napoleones, ésta se negó, diciendo que si ella los recibía, el convento perdería el crédito de su hospitalidad. No se la permitió rechazar el regalo de un soberano, ella estuvo de acuerdo en aceptar, y ordenó que esta suma fuera depositada en el tesoro de este capítulo, de modo que sería recurso sólo en circunstancias extraordinarias, tratando de mantener el mayor tiempo posible la prueba de la benevolencia del emperador. Después de haber preguntado si los documentos oficiales llevaban la efigie imperial, Hédouville le mostró algunos. Ella los tomó con entusiasmo, y se los enseñó con cuidado, asegurando a sus compañeras, que los miraban con curiosidad, que era el retrato del emperador.
El Sr. Hédouville de vuelta dio cuenta al emperador de su misión. Este príncipe había mostrado un verdadero interés con la visita de la religiosa, se le vio afectado. Lamentó que en lugar de cultivar sus disposiciones naturales, se la había impuesto en una edad temprana la educación monacal, el efecto sería de sofocar. Y, sin embargo, a pesar del estado de ignorancia en la que había languidecido, a pesar del horror del mundo inspirado en esta mente simple y crédula, a pesar de las prácticas meticulosas que no dejan ejercitar el juicio, la dulzura y el placer de su espíritu no había sido alterado, su carácter alegre se había resistido a estas influencias letárgicas. "Después de todo, agregó, esta criatura buena es feliz en su situación actual. Si los conventos a menudo tuvieron sus víctimas, también dieron consuelo”. Napoleón habló de la utilidad relativa de los conventos, y se extendió mucho sobre este tema. Era evidente que estos asilos de la meditación y la oración a menudo le habían ocupado sus pensamientos, dijo que había circunstancias en que su régimen podía ser beneficioso, que la vida claustral debía convenir, en algunos casos, almas tiernas, resignadas y desengañadas del mundo; que asilos de ancianos podrían ser abiertos, por ejemplo, a viudas de coroneles y de oficiales generales que, perdiendo por la muerte de sus maridos la holgura de la que habían gozado, reunirían en común sus pensiones y sus otros recursos, para proporcionarse comodidades, que no podrían conservar viviendo aisladamente; que, en su opinión, los votos perpetuos debían ser prohibidos, y que, en todos los casos, no se debería ser admitido antes de la edad de cuarenta años, etc., etc.

Pero también en el Ayuntamiento de Tordesillas ha quedado reflejado el paso de Napoleón. Éste a su llegada mandó que fueran revisados los Libros de Actas para ver si se habían registrado las minutas, decretos y proclamaciones por él ordenados desde su entrada en España. Como no se habían puesto, ordena que se transcriban todos, verificando que así se hace por el general Jomeini, como jefe del estado mayor de Ney.





También tenemos varias anotaciones de los suministros a las tropas:


Napoleón saldría dos días después de Tordesillas en persecución de Moore.

El Real Monasterio de Santa Clara: