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martes, 29 de septiembre de 2009

EL PASO DEL PUERTO DE GUADARRAMA POR LA GRANDE ARMÉE EN LA NAVIDAD DE 1808

The French Army Crossing the Sierra de Guadarrama
Nicolas Antoine Taunay

Subida al puerto en 1913

Descenso a San Rafael en 1913

La cima del puerto a mediados del XX



El monumento del león en la cima del puerto


En vísperas de la Nochebuena de 1808, Napoleón Bonaparte sale de Madrid en persecución del ejército británico comandado por el general Moore, que se encuentra en territorio leonés. El buen tiempo acompaña la salida de la Grande Armée de la capital, pero según se aproximan a la sierra una tempestad de viento y nieve les envuelve, dificultando el paso del puerto de Guadarrama. En circunstancias normales esta barrera que separa ambas castillas es de fácil acceso. Una carretera ancha, construida en 1749 bajo el reinado de Fernando VI, lleva a la cima del puerto pasando antes por las casas, oficinas, cuadras y almacenes de los empleados del portazgo. Así mismo, quien tenga tiempo puede parar en la capilla a oír misa, los días de precepto. Ya en la cima un león, sobre pedestal, da la bienvenida. Pero para el ejército francés, la subida a este puerto resulta una pesadilla:

Savary, duque de Rovigo:
Inmediatamente ordenó Napoleón al ejército partir el mismo día, y cruzar la cadena montañosa que divide la provincia de Madrid de la de Segovia, a lo largo de Guadarrama, por la carretera de Madrid al palacio y convento de El Escorial. El emperador marchó a la mañana siguiente, el tiempo era muy bueno y el sol nos alegraba hasta el pie de la montaña. El camino estaba cubierto por una inmensa columna de infantería subiendo lentamente la montaña, que es lo suficientemente elevada para que su cumbre mantenga la nieve hasta el mes de junio. Delante de la infantería había un convoy de artillería que retrocedía hacia nosotros, porque el paso se había hecho peligroso por una tormenta de granizo y nieve, acompañada de un violento huracán. El cielo estaba tan oscuro como al anochecer, los paisanos españoles nos decían que estábamos en peligro de quedar sepultados bajo la nieve, un accidente que había a veces ocurrido. Nunca recordaba tanto frío ni cuando estuvimos en Polonia, pero el emperador deseaba que el desfiladero se debía pasar, por el bien de su ejército que fue aumentando en número a los pies de la montaña, y no se había dispuesto provisiones. Les ordenó que le siguieran y se puso a la cabeza de la columna. Se colocó junto a los cazadores de su guardia a través de las filas de la infantería, formando una estrecha columna que ocupaba todo el ancho de la carretera. A continuación ordenó desmontar y se colocó detrás del primer pelotón y les ordenó avanzar. Los cazadores avanzaban a pie de esta manera, mezclados con sus caballos; el grueso cuerpo que formaban protegían de la tormenta a los que les seguían y dejaban una abertura en la nieve, al ser pisoteada, que permitía el paso de la infantería. El pelotón de la cabeza de la columna fue el que más sufrió. El Emperador estaba muy agotado por la marcha, pero era imposible permanecer a caballo. Mientras yo caminaba junto a él, se valió de la ayuda de mi brazo y lo mantuvo sujeto hasta que llegó al pie de la montaña, al otro lado de la sierra de Guadarrama. Tenía intención de pasar la noche en Villacastín, pero se encontró a todo el ejército agotado y el frío tan intenso, que se detuvo en la casa de postas denominada Espinar, que está al pie de la montaña.

Baron De Marbot:
Llegamos al pie del Guadarrama durante la noche y vimos que era un pueblecillo muy pobre donde nos instalamos como pudimos. El frío había traspasado mis vendas y me producía un gran dolor en la herida. Al punto del alba el ejército iba a ponerse en marcha, cuando los batallones de vanguardia que se habían internado en la sierra retrocedieron para advertir al Emperador y al Mariscal que una espantosa tormenta hacía imposible el avance. La nieve cegaba a hombre y caballos, y un impetuosísimo viento acababa de arrojar a muchos de ellos en un precipicio. Otro que no hubiese sido Napoleón se hubiera detenido; pero queriendo dar alcance a los ingleses a toda costa, habló a los soldados y ordenó que los de un mismo pelotón se agarrasen del brazo a fin de no ser llevados por el viento. La caballería echó pie a tierra, debiendo marchar en el mismo orden y, para dar ejemplo, el Emperador formó el Estado Mayor en varios pelotones, colocándose entre Lannes y Duroc, cerca de los cuales nos situamos enlazando nuestros brazos. Después, a la orden dada por el mismo Napoleón, la columna se puso en movimiento ascendiendo por la montaña, a pesar del viento impetuoso que nos rechazaba de la nieve que nos azotaba el rostro y del hielo que nos hacía resbalar a cada paso. Durante las cuatro mortales horas que duró la ascensión yo experimenté crueles sufrimientos. A la mitad de la cuesta, los mariscales y los generales que llevaban botas altas, no pudieron continuar avanzando. Napoleón se hizo subir a un cañón, en el que montó a horcajadas y los mariscales y generales hicieron lo mismo. Nosotros continuamos a pie siguiendo a este grotesco cortijo, y llegamos por fin al convento situado en la cima de la montaña. El emperador se detuvo para reagrupar su ejército, distribuyéndose a las tropas vino y leña que habíamos conseguido encontrar. El frío era intensísimo y toda la gente temblaba. A pesar de lo cual nos pusimos en marca al cabo de algunas horas. El descenso, aunque muy penoso, no lo fue tanto con la subida. A la caída de la tarde llegamos a una pequeña llanura donde se encuentra el hermoso pueblo de San Rafael y varias aldeas que procuraron al ejército víveres, vino y alojamiento.

Capitán Coignet:
El Emperador dejó Madrid con toda su guardia, y vinimos al pie de una montaña escarpada, cubierta de nieve como San Bernardo. Encontramos dificultades indecibles para cruzarla. Justo antes del alcance de este paso terrible, una tormenta de nieve nos alcanzó y casi nos derriba. Tuvimos que agarrarnos unos a otros porque no podíamos ver a un paso delante nuestro. Era necesario tener un Emperador como el nuestro para poder avanzar y ser capaz de oponerse a la tempestad. Dormimos al pie de esta montaña, que costó mucho a nuestra artillería el poder cruzarla, y luego descender al llano donde unos pueblos miserables nos esperaban, desvastados por el ejército inglés.

Sin embargo para Napoleón Bonaparte todo se resume:
Napoleón a Jose I
Hermano, he pasado el Guadarrama con una partida de mi guardia y con un tiempo bastante desagradable.

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